Lesli Nicaragua
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Lo de Brasil no solo ha sido un golpe de estado en todas sus dimensiones, sino que también constituye un acto sui géneris. Acostumbrado a ver las violentas acciones que conlleva una ruptura del estatu quo, las sublevaciones militares, las marchas sociales, las huelgas generalizadas y las muertes inútiles, lo que ha sucedido esta semana en el país más grande de Sudamérica es absurdamente surreal. Dalí mismo se hubiese acongojado ante semejante paradoja.

Ver a la presidenta Dilma Roussef bajar de Palacio con la energúmena actitud de una derrota sin haber siquiera comenzado un combate. Sin merecerlo, sin siquiera saberlo. Eso fue espectacular.

Uno se asusta que a este nivel de concienciación milenial, después de haber escalado todos los peldaños posibles de la evolución política y sociocultural, las viles rémoras del poder acusen de corrupción a quien se le ha probado su buen actuar.

Esto es lo que ha pasado en Brasil. El presidente del Congreso y el vicepresidente del país, el número dos, alentados por a saber qué desviada fuerza del mal se confabularon para señalar a la presidenta de manipular las estadísticas económicas y hacer préstamos que comprometen las finanzas de la nación carioca. Una acción que se ha venido practicando desde gestiones anteriores y que no conlleva una consecuencia tan extrema.

Hasta acá, todo normal. Pero los dos principales acusadores están indiciados por corrupción comprobada, a tal punto que el primero, el congresista, ha sido suspendido de su cargo, y el segundo, el vicepresidente, correrá la misma suerte en breve, según análisis de los politólogos de ese país, porque él firmó los documentos por los que Roussef ha sido señalada. Esta ironía ha llevado a Michel Temer, así se llama el segundo al mando, hasta la presidencia en estos momentos.

Esto me recordó la historia de Jesús de Nazaret, que como los fariseos no podían probarle nada, lo acusaron de hacer milagros en nombre del Diablo. Esto es, el diablo acusando maldad.

Mientras, en las periferias del poder, en la explanada, en la avenida de los ministerios, los ciudadanos, de uno y otro bando –aunque solo debiera existir uno-, se han manifestado para luchar por lo que creen correcto. Enormes mares humanos, prodigios  de la política, se mecen en revueltas olas de odios sin razones, pero fundamentalistas –el que quiera ver que vea.

Cuando el Presidente del Senado leyó la votación final: 55 a favor del juicio político y 22 en contra, para suspender a la presidenta Dilma de su cargo por al menos seis meses, un rayó me iluminó  y comprendí por fin aquella lección de literatura hispanoamericana que nos dio el gran Carpentier: toda alteración de la realidad que traspase la barrera de lo común y no tenga una explicación razonable, que no sea explicada por la conciencia, por los fundamentos de la verdad probada, se convierte en mágico. Y acuñó el término realismo maravilloso. Y dijo aún más: ya no hay que buscar esto mágico fuera de nuestros países, en nuestras cotidianidades existe. Solo de esa forma pude entender los Cien años de Soledad, del Gabo; La autopista del sur, de Cortázar; El reino de este mundo, del mismo Carpentier, y ahora, el golpe de estado en Brasil.

leslinicaragua@yahoo.com
* Periodista y escritor.

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