Jorge Eduardo Arellano
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A las 4:05 a.m. del 29 de septiembre de 1956 fallecía Tacho en la habitación (Ward núm. 8) del Hospital Gorgas, zona del canal de Panamá, que había sido destinada a Eisenhower cuando este participó en la reunión de presidentes americanos de julio recién pasado. La noticia conmocionó a varios gobernantes del mundo, comenzando por Eisenhower, que le había enviado su médico personal. “El presidente Somoza constantemente patentizaba —manifestó— tanto en forma pública como privada, su amistad hacia los Estados Unidos. Una amistad que persistió hasta el momento de su muerte”. Los mensajes de condolencia procedieron no solo de todos los países del continente (incluido Costa Rica, cuyo Gobierno decretó duelo oficial), sino de Europa (Grecia, Holanda, Portugal, Gran Bretaña) y Asia (Medio Oriente, Israel, Indonesia, Filipinas, China nacionalista y Japón).

Desde Nueva York, José Coronel Urtecho —agregado cultural del consulado de Nicaragua— remitió un escueto telegrama a la adolorida viuda: “Lloramos con usted”. En Brasil, treinticinco plumas de personalidades y periodistas lo enaltecieron siendo reunidos sus artículos en el libro Homenaje de los Amigos Brasileros al Excelentísimo Presidente de Nicaragua General Anastasio Somoza.

Cincuenticinco hicieron lo mismo en el país, destacándose los textos de Felipe Rodríguez Serrano, exsecretario privado de Tacho; de cinco mujeres intelectuales (María Cristina Zapata, Olga Núñez de Saballos, Joaquina Vega, Mariana Sansón Argüello y Lourdes Guerrero Lacayo); de los poetas Eudoro Solís, Enrique Fernández Morales y Guillermo Rothshuch Tablada, aparte del pronunciado por el político somocista Manuel F. Zurita.

Rodríguez Serrano se refirió al físico y al carácter de Tacho: Más alto que mediano, robusto, de amplias manos pequeñas y firmes, de atrayente y simpática presencia. Unía a lo anterior una inteligencia chispeante, facilidad en la palabra, rapidez y acierto en sus decisiones, jovialidad, alegría y optimismo, así era el general Somoza. Sansón Argüello, como leonesa de cepa, se lamentó de que hubiese ocurrido el magnicidio en León. Mi ciudad, orgullo liberal, mata un Durón [militar hondureño al servicio de los conservadores en 1912], pero no al general Anastasio Somoza. La que engendra un Darío, un Pallais, un Jerez, un Cortés, pero no un crimen social. León se siente en sus entrañas herido… Fui la última persona que saboreó la conversación del general Somoza. Sentí su subyugante personalidad cuando en juego de palabra, su chispa, su ingenio, ponía pedrería multicolor en el lenguaje.

Fernández Morales fue concreto: Con bloques gigantes construyó su época. En él todo era desmesurado… Y Zurita resultó el más elocuente y emotivo: Antes de Somoza, Nicaragua era un paisaje… digamos con el poeta nuestro, de América y de la raza [Rubén Darío], cuyo culto sistemático fundó y fomentó: No dejéis el odio que dispare sus flechas… Somoza no ha muerto, si el patriotismo vive. El que quiera verlo vivo, que me saque el corazón. Rothschuh Tablada tituló su escrito “Diez epitafios de Somoza en Chontales”, aludiendo a nueve escuelas rurales y a un centro de secundaria, fundados por él: San Francisco, Tecolostote, San Patricio, San Esteban, El Capulín,

El Rayo, La Palma, Montegrande, La Ñámbar; y al Instituto Nacional de Chontales en Juigalpa.

En el diario Novedades se reprodujo un artículo —publicado en 1950— sobre la semblanza del colosal occiso. Se trata de una antológica muestra del culto a su personalidad y a su familia que Tacho había suscitado desde los años 30: “Su personalidad es múltiple: ameno y gentil en los salones, hombre de negocios penetrante y avizor, agricultor experimentado, jefe de aguerridas fuerzas armadas, deportista, chofer y jinete intrépido, político seductor, orador de palabra fácil y arrolladora, este ser singular pasará a la historia como uno de los ejemplares humanos extraordinarios que ha producido la maravillosa tierra nicaragüense.” Para Zurita, su exjefe había sido “espejo de su pueblo” y especificaba: Todo lo nuestro era grato a su espíritu, a su paladar y a su gracia: comidas, música, bailes, deportes, refranes.

No obstante, en conmemoración del primer año del fallecimiento de Somoza García, un versificador guatemalteco —Armando Joel Canory González—, de paso por Nicaragua, escribió un regular soneto que enviaría al certamen convocado por el diario Novedades, mereciendo el primer lugar. La publicación causó regocijo al pueblo opositor, pues el tal soneto —aparentemente un exagerado encomio de Tacho— no era sino un acróstico de Rigoberto López Pérez, su ajusticiador. Así comenzaba: Reposa ya, reposa gran soldado / Insigne paladín y caballero…

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