Adolfo Miranda Sáenz
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Venezuela vive una crisis de grandes dimensiones. Ni siquiera hay alimentos básicos ni medicinas elementales. Por ejemplo, en el Hospital Clínico –de referencia nacional- a los pacientes hospitalizados han llegado a darles solamente una naranja para desayunar y unas rodajas de mango para cenar, y para las inyecciones los familiares de los pacientes deben llevar las jeringas, que solo se consiguen en el mercado negro. Un producto de gran consumo como es la popular cerveza Polar, una industria fiscal que aportaba mucho en impuestos, dejó de producirse por falta de dólares para importar materia prima. Hay inmensas colas para conseguir casi cualquier cosa, incluyendo arroz y frijoles.

¿Cómo se llegó a esto en un país que estaba entre los más grandes productores de petróleo del mundo? ¿Cómo llegó a faltar combustible para las plantas de energía eléctrica y gasolina al punto de racionarla en el país con las reservas petroleras mayores del planeta? Venezuela no sufre una guerra (como Nicaragua durante los 80), tampoco es un país pobre que no tuviera nada valioso que exportar, sino más bien con abundante “oro negro”. 

En el mundo hay ciertos tipos de izquierda que fracasaron. El sistema que practicaron los países comunistas en el siglo pasado fracasó, como lo vimos en la ex Unión Soviética y sus satélites. Pero el socialismo practicado por la izquierda democrática de partidos social-demócratas y social-liberales no fracasó, sino todo lo contrario. Los gobiernos socialistas de Europa y América Latina, como los de Zapatero en España, Tony Blair en el Reino Unido, el actual de François Hollande en Francia, los de Lagos y Bachelet en Chile, de José Mujica y el actual de Tabaré Vázquez en Uruguay, han sido muy buenos. No se puede atribuir entonces al socialismo o a la izquierda el desastre de Venezuela. Ni sus vecinos sudamericanos Ecuador y Bolivia, miembros del grupo ALBA, tienen situaciones parecidas. ¿Qué pasó en Venezuela? La única respuesta es que el gobierno venezolano ha tomado decisiones económicas desastrosas, no por ser de izquierda o socialista, sino por incapacidad administrativa, populismo y falta de una concertación imprescindible con el sector empresarial. 

Venezuela es hoy una bomba de tiempo. El pueblo venezolano no soporta más la crisis y aquella gran mayoría que antes respaldó a Chávez y que eligió a Maduro –para entonces ya más reducida- hoy apenas roza un 20% de la población. La reacción de Maduro ha sido confrontativa y represiva en lugar de reconocer los fracasos y enmendarlos. De esta manera el pueblo no puede ver ninguna solución a sus urgentes problemas a corto ni mediano plazo… ¡y el hambre no tiene paciencia! Chávez respetó la voluntad popular y cuando el pueblo rechazó su proyecto de Constitución en un referendo, supo reconocerlo. Maduro también aceptó el resultado electoral que creó un Poder Legislativo de mayoría opositora, pero se ha negado a respetarlo debidamente y rechaza someterse a un referendo revocatorio donde sea el pueblo quien decida si debe o no continuar gobernando, como la Constitución establece; y si el pueblo revocara su mandato, realizar nuevas elecciones y una transición pacífica y de reconciliación nacional.

Una explosión social de incalculables consecuencias solo se evitaría si Maduro y la oposición aceptan esta solución sin represión ni violencia. Quizá mediadores como los expresidentes demócratas de izquierda Zapatero (España) y Torrijos (Panamá), y el centrista Leonel Fernández (República Dominicana), logren que Maduro y los dirigentes opositores así lo acuerden. Que nadie actúe con la locura sabiamente criticada por el respetable expresidente socialista de Uruguay, José Mujica, cuyo excanciller es el actual Secretario General de la OEA –también de izquierda-, Luis Almagro, cuya capacidad debería aprovecharse sin descalificaciones absurdas.  

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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