Galo Muñoz Arce
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¿Por qué caen o son puestos contra las sogas todos los gobiernos que se vienen dando en Latinoamerica: Bachelet en Chile, Mujica en Uruguay, el PT en Brasil, los Kirchner en Argentina, Lugo en Paraguay, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Chávez o Maduro en Venezuela?, algunos analistas apuntan dos grandes causas.

1) el capitalismo global, capitaneado por Estados Unidos, no tolera ningún experimento político-social que se pueda ir de sus manos; y 2) son procesos políticos muy débiles, populistas, con poco arraigo popular real más allá del "amor” amarrado al clientelismo en juego o a un líder carismático.

La actual sucesión de caídas de gobiernos con propuestas reformistas en Argentina,  Brasil, la derrota de Evo  Morales para la no reelección, revocatoria del mandato en Venezuela, el deteriora de la imagen de Rafael Correa. En todos los casos el "caballito de batalla”  es la lucha contra la corrupción.

Curioso: un continente marcado por la más absoluta corrupción desde la época de la Colonia (española o portuguesa) hasta nuestros días, donde siempre la política ha sido campo de acción de las más deshonestas e indecorosas conductas, levanta ahora esta pretendida cruzada contra lo que se dibuja como una nueva plaga bíblica, el peor de todos los males: la corrupción.

En la gestión política lo que preocupa cada vez más es la intensidad con que se da y su frecuencia, lo que es lamentable. La corrupción nace de la falta de control en la búsqueda de poder, con gran frecuencia económico, lo que es más grave cuando los recursos pertenecen a la población a la que se pretende o busca servir. El Estado lo manejan seres humanos y siempre hay una contradicción entre los beneficios individuales y colectivos, debiendo, quienes están a cargo de la gestión, dar total prioridad a lo colectivo, superando tendencias al beneficio individual.

En todos los países democráticos, el poder ha sido manejado por personas cuyas agrupaciones políticas se califican o son calificadas de derecha o izquierda, y los hechos han demostrado a lo largo de los tiempos que se han dado casos graves de corrupción en gobiernos de las denominadas dos tendencias. ¿La corrupción  tiene ideología? ¿Son las personas las que, no de labios para afuera, sino mediante gestiones, demuestran haber actuado honesta o corruptamente. ¿Consideramos acertado atribuir estos comportamientos deshonestos a las ideologías o a las personas que han actuado?

Ahora pareciera que esa monumental lucha contra el flagelo de la corrupción entra en escena con una fuerza descomunal. Ahí tenemos los Panama Papers como una demostración de ese nuevo "espíritu de transparencia” que ahora pareciera derramarse sobre el continente, con Washington liderando esa "lucha titánica”, ayudando a nuestras "atribuladas” sociedades a salir de ese cáncer putrefacto.

Este es el otro elemento que, quizá de un modo indirecto, contribuye a la caída en serie de estos procesos. Más allá del espejismo de una revolución socialista triunfante que puede haberse tenido del proceso venezolano en estos últimos años, con Chávez vivo o incluso luego de su muerte, similar en algún sentido con lo que pasó en estos países, la realidad muestra que nunca se salió de esquemas capitalistas.

En el caso de Brasil, el gigante sudamericano, se trata de un sismo político de incalculables proporciones, que afectará a todas las porciones del continente americano. Un sismo provocado por la poderosa  derecha representante del capitalismo salvaje del país y de los emboscados intereses norteamericanos.

Por cierto, entre las causas que determinaron este gran sismo político, hay que incluir los errores del gobierno del Partido de los Trabajadores. Entre esos errores figuran cierta arrogancia del poder, los apetitos de una alta y costosa burocracia, la falta de vigilancia y energía para descubrir oportunamente y castigar con mano de hierro toda manifestación de corrupción.

Una lección urgente de asimilar por parte  de los gobiernos  progresistas del continente. En el caso ecuatoriano, con mayor razón, si no se quiere que al trágico sismo del 16 de abril se sume pronto un terremoto político de  incalculables proporciones.

No se trata de mover pasiones, de clientelismo político, de campañas de asistencia listas. Con eso se puede mantener durante un cierto período la ilusión de cambio, de "preocupación” por los humildes y excluidos… pero eso tiene sus límites. Incluso, los tiene muy cercanos.

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