Erick Aguirre
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Edward W. Said, con algunas de cuyas tesis no concuerdo plenamente, decía que el trabajo del escritor consiste en mostrar al desnudo los mitos en los que nos envolvemos a nosotros mismos y a los demás, obligándonos a reformular nuestra percepción de lo que es el resto del mundo y de lo que nosotros mismos somos.

Eso me recuerda que una característica permanente de buena parte de la narrativa centroamericana de este tiempo ha sido la de subvertir el orden de los estereotipos históricos a través de la imaginación. Es decir, subvertir la memoria para no olvidar lo que no debe olvidarse.

Algunos se preguntarán: ¿Por qué la insistencia en revivir a través de novelas una época de conflictos? ¿Qué sentido tiene hoy la evocación o subversión de la memoria histórica? Creo que aún en el actual contexto la narrativa centroamericana sigue o debe seguir teniendo como característica subvertir la memoria: contar lo no contado y revertir los mitos y tabúes históricos.

Lo digo claro: las novelas centroamericanas que hoy más llaman mi atención son aquellas en las que el novelista admite y se recrea en el juego especular entre realidad, Historia y ficción, es decir, entre verdad recordada y memoria subvertida. Creo que mientras más heterodoxo, imaginativo y lúdico sea ese tipo de novela, más efectivamente logrará su autor conciliarse consigo mismo y con su entorno.

Los novelistas centroamericanos contemporáneos (y por tanto los ambientes y personajes de sus novelas) se enfrentan a un contexto histórico relativamente nuevo, cuya transformación ha sido reciente; un contexto de restauración o consolidación de las “democracias” o de reafianzamiento de un orden capitalista que no ha logrado hacer desaparecer la violencia y más bien la ha acrecentado; trasladándola al entorno civil o urbano o interfronterizo.

¿De qué escribir?, podrían estarse preguntando. ¿Cuáles deben ser nuestros ámbitos y temas? ¿Nos concentramos en nuestras realidades o miramos hacia el mundo? ¿Estamos dialogando, o bien, confrontándonos con nuestra propia tradición literaria? ¿Será preciso huir del enfrentamiento con esa tradición? ¿Deben nuestras novelas ser literariamente eruditas, estéticas y técnicamente modernas aunque finalmente vacías de contenido?

La decisión ante tales disyuntivas, equivocada o no, me parece que debería contemplar cierta permanencia de compromiso, no solo con la creatividad, con la calidad o el sentido estético de lo meramente literario; sino también con ellos mismos y con sus propios entornos.

“En algún momento los escritores tenemos que comprometernos (con el mismo fervor con que en la ficción reconstruimos el pasado remoto) a transformar nuestras propias experiencias en obras de arte”, ha dicho la joven novelista afronorteamericana Tayari Jones, quien también afirma que para asumir ese compromiso hay que enfrentarse a una encrucijada, y eso provoca dudas.

Los escritores centroamericanos deberían escribir como ante una bifurcación de caminos: vacilando. Su lugar como escritores está precisamente en esa encrucijada, en esa confluencia de diversos caminos, que a la larga vienen siendo dos. Porque si, como dicen, la alquimia de todo escritor de ficción es una mezcla de experiencia, observación, emoción e ideas, en Centroamérica eso se resume en dos cosas: Memoria e Historia.

Es decir que para los escritores centroamericanos el problema de preservar su individualidad y su complejidad como seres humanos, desafortunadamente está demasiado relacionado con la quizás inútil, pero irrenunciable tarea de intentar conciliar Memoria e Historia.

Carlos Fuentes llamó a Bernal Díaz del Castillo el primer novelista de América: “nuestro primer novelista”, dijo. Su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, escrita precisamente desde Centroamérica, pretende ser una crónica histórica: memoria que quiere ser Historia y viceversa.

Sin embargo Fuentes la asume como la primera gran novela de América, y la asume así, entre otras cosas, por su carácter titubeante: al desplegarse como relato, la voluntad épica titubea. “Pero una épica vacilante –dice Fuentes– ya no es una épica: es una novela. Y una novela es algo contradictorio y ambiguo”.

Yo estoy de acuerdo con Tayari Jones en que es más importante responder a la necesidad de una verdad, y en que no deberíamos obsesionarnos tanto con la idea de llenar los “vacíos históricos”, si con eso olvidamos que también debemos dejar algún registro de nuestras propias vidas.

* Escritor y periodista.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus