Jorge Eduardo Arellano
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Hijo de José María Alegría y Aurelia Torrealba, nació en Masaya el 4 de noviembre de 1834; de manera que en 1851 figuraba entre los jóvenes que alternaron con Giuseppe Garibaldi (1807-1882), cuando el Héroe de dos mundos y forjador de la ciudad italiana permaneció unas semanas en Masaya. Garibaldi les hablaba de la Libertad y de que “su espada estaba al servicio de cualquier pueblo ocupado que la solicitara”. Carlos frisaba en los 17 años.

A los 22 ya se había incorporado en Somotillo al Ejército del Septentrión para combatir a los filibusteros. Otros seis masayas le acompañaron: Ramón Alegría, José Luis Coronel, José Ciero, Rafael Correa, Manuel Marenco, Crescencio Urbina y Abelardo Vega. Con otros oficiales como él, juró en Matagalpa, el 20 de abril de 1856, estar dispuesto “a sostener, hasta derramar la última gota de sangre, la independencia nacional” ante la amenaza del filibustero esclavista de William Walker.
Bajo la jefatura del coronel José Dolores Estrada, el capitán Alegría integraba una de las cuatro compañías del Ejército del Septentrión, mejor dicho: la que se encontraría con las primeras avanzadas walkeristas en los llanos de Ostócal. Como se sabe, sus 160 hombres llegaron a San Jacinto a las cinco de la tarde del 29 de agosto de 1856.

Como también se sabe, el 5 de septiembre de 1856 aconteció la primera acción en que participara, valientemente, Alegría: un rechazo de los nicaragüenses a los filibusteros, quienes dejaron seis muertos en el campo y se llevaron un número indeterminado de heridos. Dos horas y media de fuego duró esa acción. Entre los defensores de San Jacinto pereció el intrépido cabo primero Justo Rocha y quedaron heridos “no de mucha gravedad —como informa el parte correspondiente— el bravo capitán Carlos Alegría, el ayudante Abelardo Vega y el soldado Crescencio Urbina”.

Transcurrida la batalla del 14 de septiembre, en la que tomaría parte pese a estar herido, Alegría se trasladó a la hacienda del médico Rosalío Cortés, donde este lo curó. La bala filibustera penetró debajo de la clavícula izquierda de Alegría, alojándose en un pulmón para toda su vida. El 2 septiembre de 1857 fue ascendido a teniente coronel: firmaron dicho ascenso los generales Tomás Martínez y Máximo Jerez, además del Ministro de Guerra, el ya citado Cortés. En 1876, durante una sesión especial del Club de Masaya, leyó unas páginas en las cuales rememoraba las acciones de septiembre del 56 y a sus compañeros.

Luego ejerció la comandancia del departamento de Chontales, del puerto de San Carlos y del Castillo Viejo. Por entonces casó con la granadina Ana María Montenegro, hija de don Francisco de Paula Montenegro y de Franciscana Noguera. Diez hijos procrearon, pero cuatro de ellos fallecieron durante la infancia: Carlos Alberto, Emilio, Tomás y Miguel. Alegría se dedicaba a la caficultura en la jurisdicción de Santa Teresa, Carazo, donde poseía una hacienda: Las Marías.

En 1883, tras ser elegido por el voto popular alcalde de Masaya, organizó una junta de padres de familia que establecería el primer Instituto de Masaya, con internado. Por conspirar contra el gobierno de Adán Cárdenas fue expulsado del país el 9 de septiembre de 1884. Marchó a El Salvador pasando luego a Guatemala. Unido a las fuerzas del general Justo Rufino Berríos —paladín de la unión centroamericana— se le confirió el grado de general de brigada. Alegría, combatiendo en Chalchuapa, El Salvador, vio morir a Barrios y sus charreteras fueron recogidas por él, conservándose en poder de su familia. Más tarde, el presidente de El Salvador Francisco Menéndez lo elevó a general de división.

El general Carlos Alegría Torrealba falleció en su casa de Masaya el 25 de marzo de 1911, a los 77 años, rodeado de su compañera, de sus seis hijos vivos (Ana María, Concepción, Félix, Frutos, Arcadia, María Antonia) y de numerosos nietos. Uno de ellos Alejandro Bermúdez Alegría, intentó escribir en 1939 una biografía novelada: “Mi abuelo, el general”. Apenas publicaría unos cuantos datos en la revista del Ateneo de Masaya. “El general Alegría —anotó— hizo educar a varios de sus hijos en el extranjero. Estuvo siempre suscrito a gran número de revistas y periódicos del extranjero, lo que le permitía vivir informado de los sucesos mundiales. Cuando se construyó el Mercado, cedió la parte de su casa donde ahora se encuentra el portón de dicho edificio”. Como era de esperarse, fue enterrado con honores de ministro de Guerra.

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