Mónica Zalaquett
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Durante más de dos años publicamos una columna en la que recogimos testimonios de personas atendidas por el Centro de Prevención de la Violencia (Ceprev), especialmente jóvenes que pertenecieron a pandillas, en los que se abordaban las causas profundas de los comportamientos violentos y la delincuencia, causas relacionadas principalmente con relaciones familiares marcadas por el trato familiar autoritario, los problemas de adicción, el abandono paterno o materno y  formas de crianza basadas en el maltrato físico, emocional y el abuso sexual.

En estos testimonios, que eran en realidad breves historias de vida, se hablaba también de cómo, mediante una metodología de talleres, atención psicológica, procesos de pacificación en las comunidades y apoyo para formación técnica y vocacional, se promovían cambios positivos en las actitudes violentas, las adicciones, las relaciones familiares y sobre todo una mejoría en la calidad de vida y la autoestima de esos jóvenes, pero también de mujeres y hombres adultos.

En casi 20 años el equipo del Ceprev contribuyó a la pacificación de 42 comunidades, a la desarticulación de más de 138 pandillas juveniles, a la mejoría en la situación de violencia  en más de 200 escuelas y a la superación de relaciones violentas en millares de hogares, entre otros logros.

Hemos atendido en Nicaragua a 14 mil 637 jóvenes de estas agrupaciones violentas, pero en Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, hemos formado como multiplicadores de esta metodología a 4 mil 128 funcionarios de organismos públicos y de la sociedad civil, a más de 250 policías, casi 14 mil docentes, como también a padres y madres de familia y a otros sectores.  Y podemos afirmar con propiedad que en esos países los organismos que aplican esta metodología en calles, escuelas, cárceles e instituciones, están obteniendo también resultados similares.

Por todo ello lamentamos informar que el Ceprev ha debido suspender su intervención en las comunidades de Managua, debido a diversas presiones y amenazas a nuestro equipo, aclarando que nunca han provenido de jóvenes en pandillas o en riesgo.  Esta es la razón por la cual también suspenderemos la columna “El cambio empieza por mí”, en la que tratamos de aportar a la reflexión sobre las causas y consecuencias de la violencia y la interacción en sus diversas manifestaciones.

Agradecemos profundamente la apertura mostrada por El Nuevo Diario a esta columna, y la acogida tan cálida y comentarios amables que lectores y lectoras nos hicieron llegar, en muchos casos animando y felicitando a los jóvenes y personas que hablaban tan valientemente de sus vidas y sus cambios.

Nuestros esfuerzos por construir una cultura de paz no se detendrán, pues continuaremos en diversas formas aportando en Nicaragua y en Centroamérica a la construcción de nuevas mentalidades y creencias que nos permitan educar con amor y sin violencia a la niñez y adolescencia, pero también relacionarnos como hombres y mujeres libres del peso de la cultura patriarcal.

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