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En al año 2003 regresé a Nicaragua procedente del Estado de Tennessee, después de enseñar Economía por un tiempo en la Universidad de Vanderbilt. Volví al país con la tarea de formar la Oficina de Asuntos Fiscales y Económicos (OAFE), una instancia dentro del Ministerio de Hacienda y Crédito Público (MHCP), fondeada por el Banco Mundial, con el objeto de fortalecer la capacidad analítica y técnica del Ministerio en materia económica y financiera.

Ocupé la dirección de la OAFE desde mediados de 2002 hasta finales de 2003, una vez obtenida la condonación de la deuda externa bajo la iniciativa para Países Pobres Altamente Endeudados (HIPC, por sus siglas en inglés). Al irme al sector privado, me sucedió en esa instancia Ovidio Reyes, actual presidente del Banco Central de Nicaragua (BCN).

Durante los meses a cargo de la OAFE, me tocó participar en el equipo técnico que apoyaba al gabinete económico. Se terminaba de afinar el documento final que recogería el acuerdo entre el gobierno y el Fondo Monetario Internacional (FMI), para un programa de tres años que inició en octubre de 2002, encaminado a efectuar el ajuste fiscal que el país necesitaba después de los excesos de gasto del año 2001, ajustar el presupuesto 2002 que carecía del financiamiento suficiente, fortalecer el sistema financiero que todavía resentía las quiebras bancarias de los años 1999-2001, e impulsar una ambiciosa agenda estructural necesaria para obtener la condonación del 90% del saldo de la deuda externa pública de Nicaragua.

Durante la negociación final en la sede del FMI en Washington, D.C., se apareció en la reunión un señor bastante mayor haciendo un educado ademán de no querer interrumpir la discusión, la que continuó su curso. Esta persona, de baja estatura y aparentemente callado, tenía unos ojos brillantes que dejaban entrever la chispa y agudeza de sus pensamientos y de su espíritu. Yo no lo conocía personalmente, y a decir verdad, no entendía qué hacía en esa reunión.

Eran casi las 10 de la noche y discutíamos los temas más álgidos de la agenda, cuando por sus comentarios perspicaces y profundos, me percate que estaba de nuestro lado. Media hora después, tomamos un descanso. Fue entonces cuando Mario Flores, entonces gerente general del BCN, me lo presentó.

Estrechándome la mano con firmeza pero con gentileza, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Hola, soy Roberto Incer, para servirte”. De inmediato, dejándome con la palabra en los labios, continuó: “y vos sos Luis Rivas, ya sé todo de vos”.

Así era don Roberto Incer, directo, bravo, breve, conciso, pero siempre con seso, todo el tiempo preparado. Posteriormente, Flores, con evidente respeto y cariño, frente a un Incer Barquero que escuchaba sin falsa modestia, me recordó lo que su gestión a cargo del BCN, por 10 años, había significado para esa institución, para el país y para todas las personas de las que había sido mentor y amigo.

Durante la conversación, y dado que a esas horas de la noche la cafetería del edificio del FMI estaba cerrada, pregunté si alguien sabía dónde se podía comer algo. “Yo también tengo hambre… Seguime… Vamos a comer algo”, dijo Incer. Tomamos el  ascensor, después de unos minutos llegamos al sótano del edificio, poblado de máquinas expendedoras de comida empacada y refrescos. Para mi sorpresa, se detuvo frente a ellas y dijo, con gran ironía, más para él que para mí: “La decadencia de la civilización”.

Con algunas monedas compramos algo de comer y conversamos largamente sobre economía, lo que disfrutaba sobremanera, cuando cambió súbitamente de tema y me dijo entre pregunta y afirmación: “Luis, ¿vos sabés cuál es la diferencia entre auge y recesión?” Y al igual que unos minutos antes en el salón de negociaciones, continuó sin dejarme contestar: “Auge, es la Riviera Francesa, Champagne y una rubia despampanante... Y recesión, es Pochomil, una Toña y tu mujer”, y sonrió con la chispa en los ojos que lo caracterizaba.

Desde ese momento tuve el privilegio de construir una estrecha amistad, y de gran satisfacción intelectual, con el Dr. Incer Barquero, un hombre que bien podía ser mi padre, o incluso mi abuelo, que poseía una de las mentes más brillantes que he conocido, cuyo mayor legado fue ayudar a crear, a través del programa de becarios del BCN, una base de extraordinarios nicaragüenses, entre los que se vienen a la memoria algunos connotados empresarios como Ernesto Fernández H., René Morales C., Alejandro Martínez C., Frank Vannini y Gilberto Perezalonso; excelentes profesionales como Carlos Muñiz, Alfredo Marín, Mario Alonso, Julio Cárdenas, Luis Durán D., Raúl Lacayo, Frank Robleto, Carlos Ulvert, Noel Lacayo, Carlos Zarruck y Ernesto Cruz; importantes intelectuales como Jorge Eduardo Arellano, Humberto Belli y Silvio De Franco; servidores públicos como Edgar Chamorro, Ligia Elizondo, Francisco Fiallos, Noel Ramírez, Francisco Mayorga, Erwin Krüger, Emilio Pereira y Pablo Pereira; destacados productores como José An
gel Buitrago y Mauricio Horvilleur; y mujeres destacadas como María Eugenia Zavala, Ligia Lacayo y Carmen Knoepffler, entre muchos otros.

Indudablemente, la preparación intelectual y el desarrollo del capital humano que con tanto esmero impulsó Incer Barquero, trascendió  hasta  nuestros días, y el programa de becas del BCN ha permitido que otras generaciones se continúen formando (incluyendo la mía), muchos años después que el Dr. Incer dejara la presidencia de esa institución.

El afamado político, científico e inventor estadounidense, Benjamín Franklin, dijo una vez: “Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y corrompido, escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse”. Incer Barquero hizo eso y con mucha modestia y talento antes de dejarnos, escribió su autobiografía… Hay que leerla.

El autor es economista y Director Ejecutivo de Banpro Grupo Promerica.

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