Erick Aguirre
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Durante las últimas décadas del siglo XX la literatura centroamericana cumplió en gran medida un papel de denuncia, pero aun cuando los escritores evitaran la denuncia social abierta, en un contexto como el de entonces la violencia apareció disfrazada: en el lenguaje, en las costumbres, en el reflejo de las tradiciones culturales.

El cuento Historia de payaso, incluido en el volumen Árbol de la vida: historias de la guerra (1993), del salvadoreño Mario Bencastro, es un ejemplo. Es un cuento lleno de cierto humor negro, en el sentido en que lo entendió André Bretón: como el medio con que cuenta el “yo” para superar los traumas del mundo, y para subrayar que los grandes remedios a los grandes males del hombre solo pueden provenir del tratamiento irónico-escéptico, irreverente, del “ello”.

“Es difícil ser payaso en estos tiempos. Sobre todo porque el país está en guerra civil. La gente vive pensando en la muerte y se ha olvidado de reír”. Tal es el arranque de esta historia, la historia de un circo, de su tradición y sucesión patrimonial-familiar devenida en el contexto convulsionado y violento de El Salvador en los años ochenta.

El narrador es un payaso que se dirige a quienes se supone sea el público que asiste a la última función. El circo, heredado de su padre, no puede sobrevivir en “una época oscura y triste”, en un periodo de guerra en el cual, para subsistir, ha tenido que ir despidiendo a sus compañeros artistas.

Es un monólogo en el que reflexiona acerca de la dificultad del oficio de payaso en esos tiempos, y relata los sucesos de violencia vividos en el circo el día anterior: protestas callejeras, represión militar y la paradójica sonrisa pintada en el rostro del payaso, que termina escondido, tapándose la cara con sus grandes guantes blancos, en medio de la oscuridad que envuelve a San Salvador.

Una ciudad nada propicia para circos sino para otras cosas como arrestos, asesinatos, secuestros, bombardeos, torturas. “Hechos macabros que nada tienen que ver con el arte circense”.

El narrador cuenta que heredó el circo y la profesión de payaso de su padre. Habla también de lo que aprendió y de cómo, un día, en plena función sufrió un ataque y quedó inconsciente. La sonrisa postiza del maquillaje quedó pintada para siempre en el rostro del viejo.

“En cierto modo creo que es feliz –dice–, y me parece que lo será siempre y cuando no se percate de la dura realidad por la que atraviesa el país... Creo, sin embargo, que para él fue fácil ser payaso. Era un tiempo de relativa calma y la gente reía sin dificultad... A mí, por el contrario, me ha correspondido un tiempo difícil”.

En honor a su padre está vestido de payaso, y se despide del público diciendo que al marcharse “por esas calles teñidas de sangre y de consignas políticas”, lo hará con una sonrisa, como corresponde a un payaso.

El cuanto refleja el drama de una sociedad sacudida por el conflicto, por la conciencia generalizada de la muerte, por una situación de violencia que parecía haber llegado a sus límites; por la convicción de que el luto había llegado a ser una realidad cotidiana; por la desaparición de fronteras entre el “yo” y el “nosotros”, al igual que entre la vida y la muerte, o entre el humor y el horror.

Historia de payaso representa la forma en que fue transformada nuestra cultura popular durante los conflictos políticos-militares. Con su actitud ante la derrota de su oficio en un tiempo de guerra, “involuntariamente” el narrador indaga hasta qué punto la cultura llegará a ser marcada por esa transformación. Lo hayamos querido o no, los centroamericanos fuimos arrastrados por esa vorágine, y el humor del circo, el ingenio y la comicidad perdieron finalmente la partida.

Pero el humor negro de este relato evade los límites de la tontería, el escepticismo o la simple broma sin gravedad. La combinación de situaciones de violencia junto al aparente sin sentido del humor inocente en una época de guerra, salvan a este cuento del sentimentalismo plano y de la simple fantasía de corto vuelo.

 

* Escritor y periodista. 

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