Carlos Andrés Pastrán Morales
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Todos fuimos y todos recordaremos la etapa de cuando fuimos niños, del típico niño de barrio, de las piñatas, de los cumpleaños, de los juegos, de los años anteriores, de la vida sencilla, de ser honesto, de no mentir, de las inocencias que vivimos y los hechos y situaciones que nos sorprendieron y nos marcaron. 

Ahora que soy un adolescente, estoy en la universidad, tengo otras relaciones, otros amigos, veo la vida de otra forma, con otra perspectiva, obliga a reflexionar sobre el presente y el futuro. 

Ser niño es disfrutar la vida de la manera más sencilla. Todo era bonito con que saliéramos un rato a jugar a fuera con los amigos. Jugar fútbol en la calle y usar de cancha dos piedras. Jugar arriba, el anda, el escondite por toda la cuadra. Fregar con los chavalos en el aula de clases. Los juguetes eran cosas sencillas, hasta tacos de madera como carritos, o tarros, trompos, yoyos, talvez la vida no era tan complicada y agitada como ahora. 

Tener una primaria inolvidable, donde conocemos a los amigos de toda la vida. Recordar todas aquellas canciones características de las piñatas. Cuando todos se reúnen a contar historias de miedo alrededor de la sala de la casa o en el comedor.

Cuando se nos era imposible decir una mentira. Cuando llorábamos por los juguetes caros que no podíamos tener o por los caprichos no satisfechos. Recordamos todas aquellas caricaturas o bien, dibujos animados de esos tiempos, los mejores tiempos de nuestra vida. Los amores de niño. Pasar vergüenza ante tus compañeros de clases en las exposiciones ante el pizcaron, las burlas de las muchachas. Son recuerdos y experiencias inolvidables. 

Cuando hemos sido niños queremos parecernos tanto a nuestros padres o a las personas adultas, idealizamos una persona, nos creamos un líder, y cuando estamos grandes, adolescentes o adultos, como ahora, vemos la vida tan complicada, con tantos retos y desafíos, en medio de riesgos y amenazas, con intereses diferentes y hasta amenazas a nuestra vida y nuestra seguridad y entonces solo queremos volver a ser niños y vivir de nuevo esa maravillosa etapa.

El niño nicaragüense es sinónimo de felicidad. Desde los más pobres a los más adinerados, siempre se hace lo imposible para que estén alegres, para que estén bien, para que no se preocupen por nada, para prepararlos a afrontar la vida que se les viene.

Debiéramos sentirnos felices por la niñez que tuvimos, de lo que aprendimos y lloramos, que nos hicieron lo que somos ahora, por el niño que aún llevamos dentro. 

Y debemos comprometernos a que los niños que vengan no pierdan la felicidad y la inocencia y realicemos todo lo posible por construir un país y un mejor mundo para todos, pero principalmente para los niños de hoy y los que vendrán, en donde el cuido del medio ambiente debe ser prioritario.

Lo que hagamos hoy los adolescentes y los adultos, afectará la vida de los niños que están naciendo, creciendo y los que vendrán en el futuro y ellos merecen que les construyamos mejores condiciones, tienen derecho a ser felices. 

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