Adolfo Miranda Sáenz
  •   Managua, Nicaragua  |
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En 1997, Arnoldo Alemán recibió la banda presidencial de Violeta Chamorro. El exalcalde de Managua -visto como un líder progresista y de sensibilidad social- había modernizado la capital nicaragüense y atrajo multitudes, consolidando al Partido Liberal Constitucionalista, PLC, con una organización bien estructurada y sólida. En 2002 Arnoldo entregaba la banda presidencial a su exvicepresidente, Enrique Bolaños. Arnoldo hizo progresar a Nicaragua; por ejemplo, construyó más de dos escuelas por día, fortaleció la economía y dio estabilidad al país, logrando acuerdos políticos con la oposición sandinista. Eso aumentó su popularidad y la del PLC, que sirvieron para llevar a la Presidencia a su amigo Bolaños. 

Pero la administración republicana de George Bush hijo, aliada con un grupito de plutócratas conservadores y algunos resentidos liberales, hizo malos cálculos que terminaron con el único liderazgo capaz de enfrentar al Frente Sandinista. De raíces conservadoras, Bolaños traicionó a su amigo y promotor Arnoldo Alemán y al PLC, demostrando que quienes veían con desconfianza su inclusión en las filas liberales tenían razón. Apoyó desde la Presidencia una conspiración que llevó a Arnoldo a la cárcel por supuesta corrupción. En Nicaragua desgraciadamente siempre ha habido corrupción; en todos los gobiernos ha habido funcionarios corruptos, en unos más y en otros menos. Obviamente también hubo corrupción en el gobierno de Arnoldo, pero no de la magnitud que los medios entonces publicaban y que nunca fue probada en tribunales de Nicaragua, Panamá y Estados Unidos, donde finalmente lo absolvieron. Pero el daño estaba hecho.

No les bastó con minar el liderazgo de Arnoldo. La administración Bush, por medio del embajador Paul Trivelli, con descarado injerencismo, trató de crear un liderazgo alternativo y un partido adversario del sandinismo diferente del PLC liderado por Arnoldo. Querían poner en manos del grupito elitista sumiso a la administración Bush, a las fuerzas no sandinistas que estaban aglutinadas en el PLC con ideología progresista, social-liberal, lideradas por la clase media, y con una política de diálogo y concertación política. Ni Bush ni aquel grupo veían con agrado al PLC. Buscaron alternativas: APRE, ALN, PLI… ¡Todas fracasaron! Intentaron crear un nuevo líder para sustituir a Arnoldo y proyectaron a Eduardo Montealegre, exitoso banquero, pero sin  carisma político. Finalmente dividieron el voto opositor en las elecciones de noviembre de 2006. El PLC llevó como candidato a José Rizo, y la administración Bush y sus ahijados llevaron a Montealegre. El PLC obtuvo más votos para diputados que –entonces- ALN.

Aunque por mínima diferencia (seriamente cuestionada) Montealegre tuvo algunos pocos votos más que Rizo para presidente, quedando en segundo lugar, debajo de Daniel Ortega. En enero de 2007 Bolaños entregó la banda presidencial a Daniel. Que el liberalismo haya perdido el poder no fue por un pacto entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, como han querido presentarlo. Fue por la división, obra de la administración Bush y de la traición y soberbia de un grupo de resentidos y de oligarcas conservadores y sus medios de prensa que de tanto repetir mentiras aparentan ser verdades. 

Daniel, con una simpatía de más del 70%, va ahora a unas elecciones donde ganará con más del 60% de votos frente a una oposición dividida, con un discurso trasnochado, viejo, propio de los años 80. Pero seamos sinceros, Daniel y los sandinistas han hecho méritos: un buen gobierno en lo económico y lo social, independientemente de los cuestionamientos que hay en el aspecto institucional. Han logrado una concertación exitosa con la empresa privada y el país progresa con paz y estabilidad. ¿El PLC? Debe seguir luchando con otra estrategia: claramente social-liberal, parlamentaria, municipal, propositiva, dialogante. Y con caras frescas como la de –me parece- su mejor candidato para estas elecciones, Miguel Rosales. ¿La meta? Por ahora, el segundo lugar. ¡Seamos realistas!

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