Jorge Guerra
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En el año 2011 empecé a estudiar la carrera de Sociología en la Universidad Centroamericana, la cual culminé exitosamente durante el 2015. Durante mis cinco años en la carrera aprendí mucho. Una de mis asignaturas de la cual aprendí en demasía fue Teoría de la Sociología, en particular me fascinaron aquellos marcos de interpretación para comprender fenómenos como la violencia, la pobreza, la desigualdad social entre otras temáticas.

Recuerdo que durante esos años estudié las fuentes teóricas de la sociología. Sin embargo, en las clases  muchos compañeros  planteaban preguntas como ¿para que la teoría? ¿Qué tiene eso que ver con Nicaragua? Por supuesto mi postura con relación a esto era la necesidad de tales teorías para nuestra formación como profesionales. Marxismo, Estructuralismo, Funcionalismo, Interaccionismo Simbólico, entre otras que ocupaban un lugar central en nuestros ensayos y exposiciones.

Pero a pesar de lo formativo de tal asignatura había algo que hacía falta. El docente impartía en dos horas un cuasi monólogo invocando a los fantasmas de aquellas épocas hablando como aquel shamán que mediante  un estado de trance trae el mensaje de la buena nueva. Pero esa buena nueva precisamente, esas ideas no tenían cuerpo, hacía falta una cuerda, un puente y esa era nuestra realidad social.

Fue este el  marco de mi formación profesional, una formación caracterizada por la lucha contra el plagio, una labor apostólica obligatoria donde citar las fuentes de las sagradas escrituras sociológicas constituía un dogma de fe. Cada problema a analizar, a desentrañar y a explicar tenía que estar respaldada  por los pensamientos sublimes de San Weber, San Parsons, San Marx, a pesar que ninguno de estos pensadores escribió para las realidades como Latinoamérica y menos por supuesto para Nicaragua.

El producto de esto fue  una cultura de pensamiento mecánico en nuestra formación profesional.

Muchos sociólogos graduados son comentaristas de la realidad social más que estudiosos de la misma. En los centros de investigación, en los cuales tuve oportunidad de hacer pasantía, ocurre lo mismo. Nos sentábamos a analizar y redactar trabajos, esta vez hablábamos de la realidad social nicaragüense, la forma había cambiado pero el contenido continuaba siendo el mismo, repetir bajo otras palabras lo que ya han dicho otros autores de Norteamérica o Europa. No había creación original si no que recurríamos siempre a la sombra de pensadores de otras realidades, nos convertíamos así en comentaristas de los mismos, sin nada novedosos en el campo de análisis.

Un par de meses atrás  me encontré a un compañero de la carrera de sociología el cual me comentó su gusto de encontrarse en la Academia. Esta última categoría me llamó  la atención pues una academia como se conoce es una comunidad científica organizada que establece cierta normativa y consenso para la producción y divulgación del conocimiento. Era obvio que el compañero estaba en otra galaxia, pues en Nicaragua no hay tal Academia. En el país necesitamos de un pensamiento situado que contribuya a analizar nuestras circunstancias como países subalternos con una historia y con un pensamiento para replantear problemas como la desigualdad social, la violencia, el desempleo. Y no hacer como muchos académicos e investigadores que creen estar por encima del bien y el mal escondiéndose en las universidades y en otros pensamientos.

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