Álvaro Fonseca
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El cambio climático es el aumento  peligroso de la temperatura debido a la contaminación de la atmósfera por la acumulación de los llamados gases de efecto invernadero, producto de la actividad humana. Esta es la explicación técnica. Pero el cambio climático es mucho más que eso.  El cambio climático es sobre todo una tragedia humana que afecta a millones de personas en todo el mundo, especialmente a los más pobres y a los países más vulnerables como Nicaragua.

Es un error pensar que el cambio climático es un problema ambiental. Por esa razón es una  ilusión creer que la compra de productos “verdes” o “ecoamigables” va a salvar la naturaleza.  No vamos a conservar el ambiente si al mismo tiempo no terminamos con las causas de la pobreza, la desigualdad, el consumismo y la injusticia.

Todo esto nos conduce a reflexionar que no es posible una solución profunda al cambio climático sin cuestionar el actual modelo de producción que es insostenible en el tiempo. Pero mientras tanto se necesitan acciones de adaptación al cambio climático, que permitan ir construyendo capacidades para atenuar los impactos actuales y potenciales del calentamiento global.

La adaptación puede ser vista a dos niveles.  El primer nivel son tecnologías, normas, políticas y proyectos a escala de país o de territorio.  A este nivel  la acción más urgente en Nicaragua es aprobar una Ley General de Cambio Climático, además de un Programa Nacional de Cambio Climático dotado de presupuesto y que incluya a representantes de la empresa privada, gobierno, cooperativas y otros sectores.  Una segunda acción es trabajar con el resto de Centroamérica para hacer proyectos regionales conjuntos que atraigan fondos de la cooperación internacional. Y tercero, trabajar con enfoque de manejo de cuenca. En una cuenca el principal elemento es el agua. Y si conservamos el agua, por consecuencia conservamos los bosques y los suelos.

Un segundo nivel de la adaptación al cambio climático son los cambios de comportamientos, educación, organización y activos económicos. En tal sentido todo proceso de adaptación, si se quiere que sea efectivo y realista, debe contestar tres preguntas: ¿Adaptarse a qué? ¿Qué o quiénes se adaptan? ¿Cómo se adaptan?

Para las comunidades rurales y agricultores pequeños y medianos de nuestro país, que son los sectores sociales más vulnerables ante el cambio climático, el principal esfuerzo debe orientarse a la organización y a sus activos. La organización y las alianzas son esenciales para adaptarnos y enfrentar distintas situaciones de riesgo, pues nos permiten cooperar para obtener bienes de interés común, que individualmente no se podrían obtener.  En segundo lugar, si se quiere que los pequeños agricultores sean más resistentes a las amenazas del clima, no basta únicamente que aumenten sus ingresos, sino también se necesita que aumenten sus activos. El crecimiento de los activos físicos, financieros, naturales y sociales junto con los conocimientos y la salud constituyen la mejor muralla de adaptación ante el calentamiento global.

*Experto en medioambiente y desarrollo rural.
alvaro_fonseca_zamora@yahoo.es

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