Rafael Lucio Gil *
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La educación como Derecho Humano ha sido reconocida por Nicaragua, pero la brecha existente entre el discurso y la realidad es de grandes dimensiones. La recuperación de derechos requiere ser una tarea permanente, y no se agota en lograr los recursos financieros necesarios, sino abarca indicadores que son invisibilizados en las estadísticas, producto de una educación que resiste salir de su “zona de confort”, con bajísimos niveles de exigencia.

La lucha por el derecho debe traer en su interior una educación de la calidad. Es cierto que demanda la inversión necesaria, y que aún es deficitaria, pero sobre todo debe traducirse en procesos constantes de calidad.

La calidad tiene varias facetas generalmente obviadas. En la actualidad, esta miopía del derecho se reduce a lograr elevados índices de aprobación, sin reflexionar críticamente en el contenido de tales resultados, alcanzados mediante estrategias de dudosa calidad, como el reforzamiento escolar y el modelo de evaluación, fortalecidos por el imaginario colectivo de que “todos deben aprobar”.

En definitiva, el tema de la calidad queda reducido a la repetición de lemas por dirigentes y docentes, cuyo valor simbólico contrasta con las prácticas educativas en uso.

Un factor clave que se profundiza día a día, es la perspectiva instrumental con que se valora y trata a dirigentes y docentes. Sus atributos debieran ser: su capacidad de iniciativa, creatividad, reflexión crítica, formulación de propuestas e innovación, enfocados a la calidad. Por el contrario, su rol eminentemente instrumental, les reduce a ser meros ejecutores de órdenes e indicaciones superiores, sin ningún derecho a disentir. Tal postración imposibilita, totalmente, lograr nuevas formas de pensar y alcanzar una educación con calidad.

Este proceso de “cosificación”, tal como lo denomina Habermas, debe ser superado, como condición necesaria para avanzar en transformar las rutinas educativas en procesos realmente educativos de calidad, amalgamados por una actitud y clima de libertad, pensamiento crítico y cuestionamiento de los estereotipos institucionales y personales, que operan como obstaculizadores de procesos de calidad.

El clima instrumental se transfiere al estudiantado, expresándose en múltiples formas culturales y pedagógicas de sometimiento, imposición y traslado de contenidos disciplinares y políticos de forma mecánica y repetitiva, sin el debate y concertación de significados científicos y políticos necesarios.

El ambiente educativo de memorización y repetición de saberes, acaba convirtiendo al hecho educativo en la imposición de ideas, criterios y conductas, y no en la construcción de identidad, juicio propio, capacidad argumentativa y comprensión de significados asumidos libremente. Esta subcultura impositiva acaba propiciando una educación para copiar, decir sí, aceptarlo todo, en suma, una educación robotizada y generadora de más pobreza y desigualdad.

El modelo de evaluación se traduce en la práctica del aula en el mejor instrumento para educar en la superficialidad y mediocridad del saber, requiriendo muy poco esfuerzo para el alumnado y profesorado. Y esto, con el velado interés de obtener fácilmente excelentes resultados estadísticos en el rendimiento estudiantil. Este fraude institucionalizado representa el principal atentado contra todo interés por mejorar la calidad educativa. Oficialmente la evaluación se define como formativa, sin asumir ninguno de sus exigencias en la práctica del aula.

El currículum se orientan oficialmente al desarrollo de competencias, pero su práctica muy poco tiene que ver con ello. Continúa, en la práctica, centrado en objetivos, que conciben los distintos niveles de conocimiento (declarativo, aplicativo, de valores) por separado. La competencia, por el contrario, integra en una sola unidad, no fracturada, estos tres niveles de conocimiento. Su punto central debiera enfocarse en que el estudiantado comprenda y aplique lo que aprende en diversos contextos con utilidad, lo que demanda grandes esfuerzos institucionales en laboratorios y espacios de práctica que no existen. El aparato escolar está, aún, muy lejos de procurar que el estudiantado desarrolle estas competencias. Podrá contar el estudiantado con excelentes calificaciones, pero sin haber logrado las competencias necesarias, imposibilitando a quienes se bachilleran, ingresar al ámbito laboral formal y a la universidad.

Educar en competencias demanda desarrollar capacidades. El mejor nicho ecológico para desarrollarlas es con una gestión educativa y pedagógica diferente, ambientes de aprendizaje, distintos a los actuales: libros de texto sin exclusiones ni centración en proyectar líderes políticos gubernamentales, bibliotecas dinámicas, ambientes letrados culturalmente, participación estudiantil en la toma de decisiones, superación de la brecha digital, aprendizaje y vivencia de valores ciudadanos, animación de docentes reflexivos-críticos para la innovación, escuelas auténticas de padres, no simuladas, participación comunitaria para gestar “Comunidades de Aprendizaje”; fortalecimiento notable de espacios para la aplicación útil de los conocimientos.

Las aulas ambientadas con “espacios de aprendizaje”, docentes capaces de motivar al aprendizaje activo, no repetitivo o mecánico; que estimulen la reflexión crítica y autorreguladora; sin miedos a pensar distinto y con pensamiento divergente, comprometido con la justicia y la superación de las desigualdades.

Por último, la calidad está reñida con la utilización de la educación en el plano político partidista: Directivos y docentes ocupados, como tarea principal, en difundir propaganda partidaria gubernamental, y estudiantes requeridos en tareas políticas extraescolares, adoctrinados con mensajes partidarios. Necesitamos superar el perfil de una escuela cuyo modelo de calidad descansan, principalmente, en imponer una opción política partidaria.

*IDEUCA.

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