Orlando López-Selva
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Hay cuatro acontecimientos que, si se juntaran,  podrían crear un escenario difícil para el liderazgo de Estados Unidos: 1) Si Gran Bretaña saliera de la Unión Europea (UE); 2) un  distanciamiento irreversible que Washington  mantenga con Moscú para no tratar los asuntos bilateralmente, como Crimea; 3) los ejercicios militares que la OTAN lidera, en Europa Oriental, como advertencia a Rusia; 4) la toma del poder de izquierdas radicales en Europa que amenacen con salirse de la alianza OTAN; ejemplo: España, Grecia, Turquía (en este último caso, la radicalización de un gobierno pos-Erdogan).

Si el 23 de junio los británicos acordaran la salida de Gran Bretaña de la UE, le podrían seguir otros países. Ello pondría en peligro la solidez de esta unión ―y del Reino Unido mismo. Un derrumbe evidenciaría falta de cohesión. ¡Los modelos occidentales desacoplados! 

¿Cómo es que las democracias sólidas no pueden entenderse? 

La sola existencia de la UE, es una evidencia firme de: 1) que Europa sigue siendo líder mundial en la defensa de la democracia Occidental, que ha tenido enorme influencia planetaria; 2) es el continente más desarrollado y estable; 3) su alianza militar (OTAN) es la única que podría frenar amenazas militares de otra híper-potencia.

Washington, a pesar de haber creado OTAN, siempre ha tenido que lidiar con les caprices françaises, la posición incómoda de Alemania, y la zigzagueante actitud española, cuando sube PSOE al poder. ¿Nacionalismo a ultranza o anti-yanquismo obtuso? 

Pero si Alemania y Francia quedaran solos en el territorio continental, lucirían desamparados (¡Y desmoralizados!)  luego de la separación de los británicos. Ello debilitaría la imagen unionista. Y aunque Francia y Alemania sigan en la OTAN, Rusia podría lanzar una reconquista a sus antiguos socios de Europa del Este. 

Hace poco el vice ministro ruso de defensa Anatoly Antonov dijo que Washington ha estado renuente a discutir con Moscú acerca del escudo antimisiles que OTAN, está instalando en Europa Oriental.  

En 2010, Vladimir Putin, propuso a los asistentes a la cumbre de Lisboa de la OTAN, que “se aliaran con Moscú para enfrentarse a China, que era el verdadero enemigo de Occidente”. También propuso, poco después de comenzado el conflicto armado en Siria, deponer a Bashar Al-Assad. Washington rechazó la oferta. 

¿Entonces?

Está claro que Washington no quiere nada con los rusos después que estos se apoderaron militarmente de Crimea, justificándose que defienden los intereses de los ciudadanos de origen ruso, ahí exiliados hace más de 70 años por Stalin.

Pero el verdadero temor de Moscú yace en que no le gusta que Occidente haya llevado hasta sus fronteras los cañones de la OTAN. Y tiene razón. Aunque no lo justifico en su reacción: tomar por la fuerza la península de Crimea de Ucrania.  

Hace poco, el ex subcomandante General de la OTAN Sir Alexander Richard Shirreff afirmaba en un libro que la estrategia de Putin no acaba en Crimea. Decía  que Moscú quiere apoderarse de los países Bálticos para asegurarse sus flancos en el Norte. Y amenazaría con armas nucleares a Occidente si le recriminaran algo. 

Lo peor: cuando Putin ofrece, Occidente rechaza: y cuando él amenaza, Occidente riposta con acritud. Y Moscú sigue presionado económica y financieramente. Nadie cede. ¿Esto es promisorio para la paz mundial?

¿Por qué en Occidente debemos enemistarnos con Rusia, si puede ser aliado nuestro ahora que toda la fuerza universal gravita en el Asia? 

Comprendo que OTAN le diga a Moscú: (¡paren!). Pero Putin va con todo mientras ve que Occidente solito está enredándose en discusiones bizantinas sobre la democracia.  

¿Por qué no tenderle una mano diplomática a Moscú y negociar con ellos todo aquello que no nos parece?

Y no es que me desentienda de Putin como autoritario. Sino que comprendo que todos los líderes de las potencias tienden a reaccionar igual. No lo justifico. Comprendo sus reacciones. 

Hay 31,000 soldados de OTAN en maniobras militares, por 10 días, en Polonia y Rumanía. Para muchos es una advertencia a Moscú; pero para otros, una provocación. 

Por último, si en Turquía ganan los radicales antioccidentales, Occidente (¡y Washington más, aun!) perderían  demasiado. 

¿Es Turquía un mal-secuaz  necesario?

Si así ocurriere, Europa desperdiciaría no solo a un socio, sino un gran punto estratégico geográfico que cerraría un paso hacia el Oriente. Esa otra mitad rica, poderosa,  bien armada.

Si se dieran esas circunstancias,  Washington desaprovecharía esa zona aliada a veces sí, a veces no― de influencia geográfica.  

¿Estará Washington dispuesto a arriesgarse con estos  escenarios peligrosos?

 

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