Lesli Nicaragua
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A todos se nos resbala la vida de a poco cuando no hay nada ni nadie que la detenga. Pero en el caso Noel Areas, ese gran tipo que nació con la cara de la seriedad y la destreza de la victoria como señal de ventura, fue él quien se le escapó a la vida, se le salió de las manos no con el silencio de la angustia, sino con el pesar del dolor vivo. Pero nos dejó ese gran legado en el deporte más importante del país, insuperable, al menos en este plano real.

Dicen que nació en el barrio Ermita de Dolores, allá en el León de 1941, cuando las parteras cortaban el ombligo aún palpitante, como a los héroes griegos, con la convicción de la sobrenaturalidad, me contó Arnoldo Castro, un hombre sólido y nervudo, de una negrez satinada por el sol y la lluvia que esconde bien sus 74 años, y que trabaja lustrando zapatos en el Linda Vista. Mientras le da brillo a unas zapatillas, cuenta, con el gesto de la fuerza en su cara, que era vecino de Areas, “aunque no cercano porque yo viví en el Coyolar; pero desde siempre Noel estuvo ligado al deporte y a su León”.

Habla con verdad, porque para Areas, esta ciudad no solo le sirvió de cuna y hogar, sino de refugio cuando la furia de los ruidos le cansaban el ánimo y los oídos. Entonces, el tipo arriesgado con la prudencia, regresaba a casa y se mecía en la silla del porche, un ritual tan elemental como humilde para sosegar el caos del beisbol,  según me contó un joven cronista. 

Y luego regresaba a los campos de juego, a los que siempre estuvo ligado, primero cuando jugaba en Mayor A, y después como el mánager que lo ganó todo, incluyendo el cariño de la fanaticada de cualquier conjunto que dirigió. Fácil decirlo, aunque la regla de escritura pide a puntazos demostrarlo. Más fácil aún: los más de 1,600 triunfos no lo certifican, sino que lo ratifican como el timonel que llevó a más victorias a sus dirigidos, sin importar su localía y contra quienes se batía. A su amado León, lo mordió en 2007 en la final, cuando dirigía al Bóer.  

“Soy profesional”, dijo esa vez. Y lo era por todos los costados. Lo decía con una honradez básica. “Él siempre fue así. En León lo respetan no solo los jóvenes, los jugadores o los mayores, sino todos”, dice ahora Castro, el lustrador del Coyolar, que se entretiene contando la historia de su vecino. Un cliente le recuerda la cantidad de títulos que ganó Areas. Y Castro, como buen vecino, “así somos los leoneses, nunca vencidos”.

Tiene razón el Castro, porque, incluso, en aquella final contra los Dantos, cuando León perdía la serie final 3-0 y todos pensaban que León estaba vencido, Areas reconcentró en el mar a sus pupilos, y a lo Castelar, los inspiró tanto, que demolieron zarpazos a los Dantos en los restantes cuatro juegos. “Así era él, siempre contra pronóstico”, sigue contando Castro, mientras la mirada se le pierde a la izquierda, buscando en las hendijas del tiempo, la memoria del león mayor. 

Yo recuerdo haberlo visto algún fin de semana de los ochenta, cuando mi padre, amante del beisbol y criado en León, me llevaba a ver los juegos al Estadio Nacional. La travesía de comprar los boletos, el raspado y la bolsa de mango, subir las escaleras para llegar a las gradas y ver los jardines verdes, era atravesar el espejo de las maravillas. Y entonces, a lo lejos, veía al tipo sanguíneo y adusto, aun con la sonrisa, la hermética cara. La misma con la que se le escapó a la muerte este domingo, junto con la gloria de ser una gloria.


*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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