Adolfo Miranda Sáenz
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Don Juan decía tener una fe absoluta en Dios. Vivía en un pueblo que después de un fuerte huracán sufrió una terrible inundación. Las calles estaban totalmente cubiertas de agua y el nivel de la misma llegaba casi hasta los techos. Además,  el agua no estaba estancada, sino que había fuertes corrientes. La Cruz Roja, el Cuerpo de Bomberos, el Ejército y otras instituciones luchaban por salvar a los vecinos que permanecían en los techos esperando ser rescatados. Era una situación urgente, pues la presa cercana estaba a punto de reventarse y la correntada arrasaría con todo.

Los socorristas de la Cruz Roja llegaron con una lancha frente a la casa de don Juan, que estaba arriba del techo, y le gritaron: “Don Juan, tírese al agua y nosotros lo subiremos a la lancha”. Pero don Juan respondió: “De ninguna manera. Si me tiro la corriente me puede arrastrar. Yo confío en Dios y Él me sacará de aquí.” Después llegaron los bomberos y le dijeron: “Tírese al agua que nosotros le pondremos un salvavidas amarrado a una cuerda para que se sujete y no se lo lleve la corriente.” Pero don Juan insistía: “No. Es peligroso. Yo creo que Dios es quien me va a salvar.” Finalmente, el Ejército le envió un helicóptero que bajó una escalera de cuerdas con un soldado para subirlo. Pero don Juan lo rechazó diciendo: “Los vientos son fuertes y me puedo caer. No me voy a subir. Voy a confiar en Dios hasta que Él me rescate”.

La presa se derrumbó y una fortísima corriente arrastró todas las casas y solo dejó un inmenso lodazal. Don Juan pereció y llegó ante la presencia de Dios, a quien en tono resentido le reclamó: “Señor, ¿por qué no me ayudaste? ¡Siempre tuve una fe grande en ti! ¡Yo estaba esperando tu ayuda y nunca llegó!”. Dios le respondió: “Te mandé ayuda y tú la rechazaste. Te mandé a la Cruz Roja, a los bomberos, al Ejército, lanchas, salvavidas y hasta un helicóptero… ¿¡Qué más ayuda querías!?” 

Nosotros a veces pensamos que Dios no escucha nuestras oraciones y no nos responde. Creemos que Él no nos ayuda en nuestras necesidades, no nos rescata de las situaciones difíciles. Pero no es así. Lo que pasa es que queremos ordenarle que haga las cosas como nosotros queremos. Esperamos que Él se someta a nuestra voluntad. Que Dios actúe cuando, donde y como nosotros deseamos. Pero… ¡Dios es Dios! Nosotros no somos Dios, aunque queramos hacer el papel de Él. Dios sabe cuál es el mejor camino, el momento adecuado, la manera mejor de ayudarnos. Pero a veces, por actuar como don Juan, rechazamos las soluciones que nos da. Dios no puede imponernos su solución porque nos creó libres y respeta nuestra libertad. Él ayuda a las personas que aceptan su ayuda. 

Quizá por estar esperando la solución que nosotros queremos, no vemos ni apreciamos que Dios nos quiere ayudar de otra manera, o que a lo mejor nos está ofreciendo una ayuda transitoria mientras llega el momento para una solución mejor. Además, frecuentemente no reconocemos en la ayuda que otras personas nos dan, la forma que Dios utiliza para ayudarnos. Dios sabe lo que nos conviene y por qué permite ciertas situaciones, problemas y enfermedades. A veces le pedimos dinero, salud… pero Dios sabe cuándo no estamos preparados para recibirlo.  Hay cosas que deseamos, pero que en determinado momento quizá nos harían más mal que bien. Confiemos en Dios. Y, por otra parte, no seamos malagradecidos. ¡Cuántos clamaron a Dios en medio de sus necesidades, y una vez resueltos sus problemas simplemente no se acuerdan de Él!

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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