Félix Navarrete
  •   Managua, Nicaragua  |
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Viajar en bus en cualquier ciudad del mundo es una aventura inolvidable no solo por los paisajes que visitas y el cúmulo de emociones que atesoras en la memoria, sino por la comodidad y confort con que acostumbras realizar estos itinerarios.

Pero tomar un bus de transporte colectivo en Managua y recorrer la ciudad en cualquier momento del día, es una experiencia estresante que viven a diario miles de personas que no cuentan con vehículo propio para movilizarse a sus trabajos o realizar sus gestiones. 

Por una de esas providencias del destino, un día de estos volví a movilizarme a pie, pues mi camioneta se descompuso y no tengo dinero para repararla. No sé si quedarme sin carro es una tragedia o una bendición, pero lo cierto es que he comenzado  a revivir la experiencia de aquellos años cuando era un joven indigente, feliz e indocumentado y me subía a los buses como un torero experimentado.

Cómo pasan los años y cambian las cosas. Lo importante es que uno no cambie. Hace treinta años Managua era  una ciudad fresca con pocos habitantes, que los pocos semáforos que había  bostezaban perezosos y agónicos  ante la tranquilidad de las pistas casi vírgenes. 

Todo ha cambiado. Ya no soy un peatón ágil ni tengo la suficiente energía para bambolearme en una ruta urbana. Antes podía bailar break mientras la ruta iba en movimiento. Ahora tengo cincuenta y dos años y una barriga prominente que tiene esclavizado a mi cuerpo. Lo comprobé esa mañana, olorosa a invierno y cafecito caliente, cuando viajé nuevamente a ese submundo del transporte urbano. Primero, tomé una caponera para salir de mi casa, mientras contemplaba el verde del valle, el cielo encapotado y el humo saliendo de algunos cocineros recién  encendidos donde las mujeres palmeaban tortillas y cocían frijoles para el desayuno.  Recorrer ese trecho en una de esas motos que solo he  visto en las películas nazis, fue agradable y confortable para mis pulmones.

Sin embargo, la prueba más dura estaba por venir. Una vez en la carretera, comencé a sentir los estragos de la obesidad.  No caminaba como antes ni corría para pasarme la pista de un lado a otro.  Le hice parada a un bus, y para poder abordarlo, tuve que correr y tratar de subirme mientras arrancaba violentamente, como lo hacen los cobradores, y por un instante sentí que dejaba un pie en la pista pero hice un sobreesfuerzo para subirme. Cuando por fin recobré el aliento y me aferré con firmeza a un asiento donde viajaba una señora que al mirarme me preguntó si me cargaba el maletín, me di cuenta que había ingresado al club de las víctimas primarias de las rutas urbanas.

Sin embargo, mis sentidos aún permanecen intactos.  Inmediatamente olfateé los diversos olores de los pasajeros, el siete machos compitiendo con el Old Spice, y tratando de ahogar la hediondez de algunos rostros barbudos, otros medio afeitados, desaliñados. Todos tienen un gesto en común: el aburrimiento y la tristeza. 

 También percibí el movimiento trepidante del bus, los devaneos del chofer que amaneció antisocial y prefirió endrogarse con la música rap que lleva a todo volumen, mientras  bambolea  el vehículo por toda la carretera y nos ajusta en la silla, o nos obliga a meternos adentro, al fondo, donde no se puede ni respirar, entre frenazos intempestivos y arranques violentos  y caprichosos, hasta que logramos llegar a nuestra parada magullados pero vivos. 

Cada día esta aventura se repite aunque con algunas variantes.  Todo depende del estado de ánimo del chofer y su ayudante,  quienes pueden hacer de tu viaje un itinerario agradable o un paseo por el infierno. Esta vez, si tienes suerte, puedes subirte a escuchar una  música corta pulsos o música juvenil, mientras recorres los paisajes inmóviles de una ciudad que se resiste a morir de calor. 

Lo cierto es que viajar en bus en Managua es bajar a uno de los círculos de Dante, es subir a una pasarela del infierno y contemplar.  Es salir del confort que te ofrece el privilegio de haber entrado al pequeño club de la clase media,  para entrar en un submundo lleno de emociones, empellones, golpes, malas miradas, chifletazos y hasta hijueputazos que viajan en el enrarecido aire de las rutas urbanas.

Quiero confesarles algo: A pesar de lo estresante que es viajar en bus, y de lo riesgoso que es quebrarse un pie, nunca  renegaré de mi condición de peatón, ni tampoco despotricaré todos los días por haberme quedado sin vehículo, Ha sido gracias a ese reencuentro con mi anterior condición, que me he dado cuenta que estoy obeso, que mi barriga amenaza con inmovilizarme, que necesito adelgazar para correr y alcanzar un bus y volver a ser esa persona feliz e indocumentada que no vive atada a nada.

felixnavarrete_23@yahoo.com
Managua, 13 de junio de 2016.

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