Jorge Eduardo Arellano
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En su Autobiografía, recientemente editada, Roberto Íncer Barquero (1933-2014) dedica un recuerdo a la Universidad de Granada, conocida también como de Oriente y Mediodía. Mejor dicho: a su cierre en 1951. Y es que Incer Barquero, graduado de bachiller en el Instituto Pedagógico de Managua, intentó estudiar leyes en Granada y fue testigo de la interrupción definitiva de su universidad.

El 25 de mayo de ese año fue publicado en La Gaceta / Diario Oficial el decreto ejecutivo, emitido dos días antes, con el cual el presidente la república, general Anastasio Somoza García, clausuraba el funcionamiento de la Universidad de Granada. Razones técnicas, aducidas por el entonces ministro de educación pública, ingeniero Andrés García ––un nicaragüense graduado en México–– condujeron al mandatario a tomar esa decisión. Pero también el decreto contenía razones políticas: castigar a la ciudad tradicional opositora a su régimen, particularmente a su juventud estudiosa y beligerante.

El cierre de la Universidad desencadenó serias protestas masivas en la ciudad que obligaron a Tacho decretar el estado de sitio durante casi tres semanas y enviar el Batallón Somoza, instalado en el cuartel de La Pólvora para reprimirlas. Al respecto, Roberto Íncer Barquero evoca en sus memorias que en las calles de la ciudad el pueblo arrojó piedras y botellas a los soldados y estos respondieron con disparar al aire y con gases lacrimógenos, desatando una guerra de palabras entre las dos partes. Como los guardias vestían entonces un uniforme caki amarillento, el pueblo los designó con el apodo de “jocotes cocidos”.

También Rodolfo Sandino Argüello (1928-2015) se recuerda que participaron, como líderesas, algunas señoritas ––una de ellas, Margarita Cole, fue culateada–– y personajes populares, entre ellos Pancho Hermoso, exsecretario de “Chiricuaco I”, uno de los reyes feos del carnaval universitario. Pues bien, subido a uno de los muros de Xalteva, durante una de las manifestaciones cívicas contra el cierre de la universidad, Pancho Hermoso había dicho: Pueblo de Granada, sufrido, valiente y viril: henchido está mi pecho de entusiasmo  al admirar tan lúcida y magnífica manifestación democrática como una muestra de amor, aprecio y solidaridad a los universitarios, porque ellos son, señores quienes traen en sus manos la hermosa antorcha de la Libertad, de la Justicia y de la Luz.

Y añadía el orador de barricada con fervor localista: ¡Cómo es posible que lenguas viperinas, que lenguas mordaces, que lenguas de siete filos y aceradas puntas le hayan llegado a soplar al Sargentón bruto de Somoza que aquí no hay enseñanza pública. Están equivocados esos señores y el Sargentón Somoza también. Sepan y entiendan que en Granada siempre ha habido enseñanza pública. De aquí son los campeones de la Patria. En Granada han nacido los tenaces, los colosos y los gigantes. Cobarde Sargentón ––culminaba Pancho Hermoso–– te querés llevar la universidad, que es la Jaula; pero no te llevarás los canarios. Esos se quedan en el corazón de los granadinos.

Asimismo, Incer Barquero afirma que, antes de dicho cierre, los gastos de los estudiantes universitarios constituían la única fuente de subsistencia para muchas familias granadinas. Estas les alquilaban piezas en sus casas y las más humildes se encargaban de lavado y planchado de la ropa. Por eso ellas, más los dueños y empleados de restaurantes y pensiones, se sintieron afectados en sus ingresos, decidiendo protestar vehementemente por la decisión del Gobierno. Este, en compensación, “dio facilidades a los estudiantes para su traslado a León. Durante los tres primeros meses del año escolar, los estudiantes que viajaban el fin de semana a sus pueblos tenían franquicia en el ferrocarril”.

Además, el Gobierno estableció la “pensión universitaria, por la cual  los estudiantes no originarios de León disponían de alojamiento y alimentación gratuitas.

Así concluyó la tradición universitaria de Granada, remontada a los años cuarenta del siglo XIX, como lo desarrollo en mi obra Granada de Nicaragua: crónicas históricas (2012). Pero la tesis más antigua que se conserva, la de Estanislao Vela, data de 1895  y se titula: La propiedad racionalmente considerada. Después de ella se editaron, al menos, otras 199 tesis, consignadas en mi obra citada, a saber: 11 de cirujanos dentistas, 35 de farmacéuticos, 45 de médicos, cirujanos y obstetras, y 108 de abogados y notarios. En total, con la de Vela, 200. En el IHNCA, en la biblioteca del doctor Rodolfo Sandino Argüello y en la mía se encuentran la mayoría de ellas. 

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