Lesli Nicaragua
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Más que la candidez de su mirada perdida de viajero del tiempo, que me parecía no era de escritor, fue aquella acción, cuando  llamó al dictador chileno Pinochet un defensor de la paz, la que me desencantó del hombre –natura- como génesis textual, tal vez. Y en cambio, me fascinó Borges, el otro: como su cuento.

Porque ese Borges fue el que me encontré detrás del primer libro que leí de él: Nueva antología personal, de la Bruguera, la edición del 82. En ella leí, primero, El jardín de senderos que se bifurcan, y desde entonces –muchos años después- mis clases de Literatura Hispanoamericana se detenían en el gran Borges, indicándoles a mis pupilos que solo se quedaran con el otro, con ese Borges.

Pero fue cuando leí Emma Zunz, cuando comprendí el verdadero valor del tiempo. En horcajadas repetitivas hasta el culmen. Porque eso  “era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin”. Hermoso Borges, se me presentaba tan casual, tan sin elocuencias, minimalista, que entendí lo que dijo Navokob en su Curso de literatura europea: “acariciad los detalles, eso es lo que importa”. Y pude ver el engranaje borgeano.

Descubrí no solo la maquinaria del reloj, sino al relojero detrás suyo. El demiurgo. Borges con los hilos, con los losanges que se repetirían eternamente.  Quise hallarlo en su Fervor de Buenos Aires, pero solo encontré, tiempo después, una frase que lo resumía todo: “He nacido en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires”. Contrastivo, Borges, terminaba por aceptar que incluso el tiempo daña los mármoles y las vidas.

Entonces debía duplicar, como en La casa de Asterión. Con la temeridad, eso sí, de no encontrar la trama, pero la solucionó tipo palimpsesto. Un milagro secreto en que el tiempo no era lo esencial, sino la recreación atemporal, díscola para Asterión-Borges. Elíptica en ese momento crucial de una huida sabiendo que retornaría.

Borges se me salía de las manos, a pesar de mis acechos, el hombre que solo estudió latín y francés –“lo único que he estudiado en mi vida, porque los doctorados son solo honoris causa”- se incendió como los dioses. Y moldeó ese universo donde, dijo, Dios solo sería una referencia cultural, un esquema tan elemental como la filosofía de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Caústico, ese era el Borges que me interesaba, el que como el Aleph, estaba en todos los sitios a la vez.

Había entrado en su laberinto. Lo había logrado Borges (Jorge de Burgos, según Eco) con la severidad del relojero que puso el engranaje exacto, en el libro exacto, en el momento preciso. Tal vez repetido en este plano y en el siguiente. Porque en el momento en que he escrito esto, no sé si me he bifurcado, si me despierto siendo otro, viéndome en el espejo en que se vio Asterión, condenado como Emma Zunz a que esto sea lo único que sucedió en el mundo y que seguirá sucediendo, por los siglos de los siglos…
     
*Periodista y escritor.

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