Franklin Hooker Solano*
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Desde los seis años visité con mi familia la denominada Iglesia Mormona y mientras iba creciendo dentro de esta religión fui recibiendo mensajes como: “Nunca hagas nada que pudiera llevarte a una transgresión sexual. No hagas nada que despierte emociones sexuales, ni despiertes esas emociones en tu propio cuerpo. El comportamiento homosexual entre varones y el lesbianismo son pecados graves”.  

Sentimientos de culpa, miedo, pesadillas y baja autoestima me acompañaron por muchos años durante mi niñez, adolescencia y parte de la juventud al interiorizar los discursos religiosos condenatorios de la homosexualidad.

Experiencias similares he podido conocer en otras personas que actualmente se reconocen como lesbianas, homosexuales, bisexuales o trans y que fueron criadas bajo dogmas de la Iglesia Católica o Evangélica.

Desde la moral cristiana el deseo lésbico-gay-bi-trans se considera como algo “inmoral”, “antinatural” y “contrario a Dios”, por ello desde una mirada feminista y de derechos se pone en evidencia el fuerte vínculo entre fundamentalismos religiosos y actos de discriminación contra las personas LGBTI.

Las ideas distorsionadas difundidas por fundamentalistas religiosos sobre personas lesbianas, homosexuales, bisexuales, trans e intersexuales, han calado fuerte en el imaginario social colectivo, siendo esto un grave obstáculo para el reconocimiento de derechos humanos igualitarios.

La masacre recientemente ocurrida en Orlando es una muestra de lo perverso que es el promover el rechazo u odio hacia cuerpos disidentes sexuales y transgresores del binarismo de género. Como puntualiza Raewyn Connell (2003) en la violencia heterosexual contra personas LGBTI “el terror se utiliza como una forma de trazar límites y excluir”. Los actos de discriminación cotidianos así como las violencias extremas sobre los cuerpos lésbico-gay-bi-trans, tienen como fin el marginalizar y extinguir todo aquello que atente contra el heteropatriarcado.

Tomando en cuenta la consternación mundial frente a estos crímenes de odio, vale aclarar que las personas LGBTI también son masacradas cuando desde preceptos religiosos, las familias les rechazan por considerarles una aberración, cuando se convierten en un chiste para los medios de comunicación, cuando el personal del sector salud no les atiende con respeto, cuando son excluidas/os del sistema educativo, cuando en la calle no se les deja caminar en paz, cuando la condición de ser lesbiana, gays o trans agrava un asalto y son agredidos/as física y sexualmente, cuando la Policía Nacional violenta sus derechos, cuando compañeras trans mueren con el sueño de haber visto la aprobación de una ley de identidad de género.

También es masacre la homo-lesbo-bi-trans-inter fobia institucionaliza, muestra de ello, el Código de la Familia que entró en vigencia en el año 2015, el cual excluye a las personas LGBTI al no ser reconocidas como personas que constituyen familias y con derechos a las mismas garantías sociales que gozan personas heterosexuales, irrespetando el principio constitucional de laicidad y no discriminación.

Aunque la sanción social y jurídica continúa, la lucha política de feministas y comunidad LGBTI cobra más fuerza. Como dice Mari Luz Esteban (2009) “el cuerpo ha sido y es un dispositivo fundamental de regulación y control social, pero también de denuncia y reivindicación”.

Desde nuestros cuerpos tenemos la capacidad de proponer a una sociedad conservadora que hay infinitas maneras de ser-estar-habitar en nuestros propios cuerpos y desde nuestras experiencias encarnadas, desafiar las fobias LGBTI sustentadas en los fundamentalismos religiosos.

*Activista feminista y LGBTI.

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