Elvis González Salvatierra
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El 28 de junio se celebra en todo el mundo el Día Internacional del orgullo lésbico, homosexual, bisexual, trans e intersexual. Es una celebración que muchas personas critican porque en el día a día no experimentan los grados de discriminación que el odio provoca en la vida de las personas LGBTI; la gente no desprecia a otra gente por el hecho de ser heterosexuales, por ser sexualmente diferentes sí.

No hace falta un día de celebración del orgullo heterosexual puesto que diariamente las instituciones que legitiman mensajes y que se convierten en praxis cotidiana, resaltan la importancia de ser, en un mundo tan viciado de machismo, heterosexual. Las iglesias, los centros de educación, el Estado y las familias tienen enormes cuotas de responsabilidad en esta forma de comprendernos hombres o mujeres.

A diferencia de los heterosexuales, las personas que rompen con estos mandatos, son expulsadas de sus casas, empleos formales, no acceden a servicios básicos como la educación, salud y seguridad social por el simple hecho de ser quienes son.

Asumirse como LGBTI en una sociedad influenciada por los fundamentalismos religiosos y donde la laicidad como ingrediente básico para la promoción y defensa de los derechos humanos es constantemente desobedecida, es tarea titánica. El odio hacia los homosexuales, las lesbianas, las personas trans, las bisexuales, las intersexuales y todos los cuerpos que no encajan en el ser hombres o mujeres que el sistema ha definido, ha dado paso a la incomprensión y el irrespeto de otras prácticas y otros cuerpos que no se alinean a lo ya establecido.

Es importante recuperar desde estas experiencias nuevas narrativas para transformar la manera en que la sociedad percibe a las personas sexo-diversas. A pesar de que algunas y algunos han querido invisibilizar por completo las expresiones de lo LGBTI, cada día son más los cuerpos que forman parte de este movimiento político-sexual. Sin embargo, hemos visto en los últimos años que hay cada día más personas asumidas como tales y que están más cerca de nosotros y nosotras de lo que imaginamos.

Salir a las calles y apropiarse de las mismas es una oportunidad de demostrar públicamente que estos cuerpos sí son posibles y que no forman una ciudadanía de clóset, al contrario, son cuerpos que juntos han formado movimiento y que frente a tantas desventajas sociales han emprendido desde hace décadas su lucha por existir y resistir. La democracia no se trata de cuantificar qué derechos y para cuántas personas son posibles, sino de reconocer que somos diversidad y que todos y todas construimos una nación.

Manifestar orgullo en tiempos de tanto odio institucionalizado, es mostrar valentía y coraje frente al abuso desmedido que se comete en contra de las personas que han roto con el mandato de la heteronorma.

Las sociedades que fomentan y enseñan el desprecio a la diferencia son sociedades condenadas al fracaso y la miseria, el mundo no necesita más odio y exclusión, el mundo necesita un trabajo conjunto en la promoción de todos los derechos para todas las personas y el reconocimiento de todos los cuerpos.

No podemos reconocernos, ciudadanía, si nuestras opciones sexuales e identidades de género no son tomadas en cuenta en la creación de políticas públicas, el Estado debe promover los derechos de las personas LGBTI y entender que son un grupo poblacional con necesidades específicas.

* Activista feminista LGBTI, comunicador y docente.

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