Orlando López-Selva
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La supuesta guerra fría en Latinoamérica resurge o se intensifica a intervalos. Se levantan muros de barro circense o los revolucionarios juegan a ser Robin Hoods de pulperías. 

Siempre hay alguien que rompe los esquemas para desafiar a los Estados Unidos.

El reto me parece válido. Lo cuestionable es que algunos lo  hagan desde el ángulo de la doble moral. 

¿Por qué los que disputan las políticas de Washington se erigen pronto en autoritarios y se alían con potencias imperiales nunca menos cuestionables?

Venezuela y Estados Unidos han estado enfrentados verbalmente. El diplomático norteamericano Thomas Shannon se estará reuniendo, en Caracas, con su contraparte venezolana, para limar asperezas. 

Desde Venezuela se ve a los Estados Unidos como el culpable de todas las desgracias que les ocurren a los revolucionarios. Se le tilda de “imperialistas”, “intervencionistas”, “enemigos de la humanidad”, etc. Los epítetos pululan.

Washington busca extender una mano (¡Obama quiere ser conciliador y tolerante con los distanciados!), y propiciar un diálogo entre venezolanos; que se respeten los derechos humanos, las libertades fundamentales. 

El régimen chavista-madurista controla el poder total desde 1999. Se siente dueño del bien, la verdad, la justicia. Los Estados Unidos también.

¿Es una lucha de egos o un encuentro entre un poderoso imperio cuestionado y un rebelde apegado a un Bolívar tergiversado? 

Caracas busca que Estados Unidos deje de apoyar a la oposición venezolana y “el cese de sus agresiones diplomáticas y mediáticas contra la revolución chavista”.

¿Qué se puede esperar de estas conversaciones?

La verdad… muy poco. El comercio diplomático es parsimonioso. En las primeras fases, Venezuela desahogará sus  emociones. Los  anglosajones poco recurren a lo histórico, a lo emotivo, a sacar cuentas pasadas o retórica. Shannon, con toda su parsimonia y gran experiencia diplomática, lucirá sereno; enfocado en acciones y resultados.

Los diplomáticos venezolanos estarán en su patio pidiendo dignidad y respeto para una revolución de minorías. 

¿Quién quiere imitar un modelo pobre de ideas, riquezas y promesas?  ¡Todo lo han ido dilapidando!

Caracas está contra la pared: 1) Ningún país europeo concuerda con su filosofía ridículo-mundista y sus políticas sesgadas; 2) en Latinoamérica, Venezuela está en minoría; 3) El secretario General de la OEA, Luis Almagro, les pide aceptar el referendo revocatorio y respetar los derechos humanos; 4) según el FMI, el país tiene el peor crecimiento negativo del mundo: -8%; y la peor inflación: 482%. ¿Y no es que son una potencia petrolera?

Maduro tiene pocos aliados: cinco o seis en el ALBA; Rusia, Irán, Siria, Corea del Norte. Solo eso. ¿Cómo pueden pretender una revolución mundial con tan pocos convencidos?

Pero recurren al recetario constante: endilgarle a todos sus adversarios los yerros de sus lerdos manejos gubernamentales, ser intolerantes, y creer que el poder les pertenece por una compensación histórica ─por haber sido excluidos.

¿Qué hay de superioridad moral cuando los excluidos no tienen argumentos y solo esgrimen antipatías, hostilidades e inquinas?

Si se critica a Estados Unidos por creerse policía del mundo o vernos como traspatio, vale ventilarlo. Pero no sostenerlo como una política de valores y éxitos. El discurso de la izquierda consiste en vivir enfrentados permanentemente a Washington. Lo contrario sería creer que los rusos son los malos de la película; y los chinos los usurpadores del liderazgo mundial. Ambas posiciones están prejuiciadas. 

En ese contexto de justificaciones se halla Venezuela: “estamos mal por Washington, la oposición “vende-patria”, y la burguesía local”

¿Y no es que los revolucionarios controlan todos los círculos del poder, celosa y meticulosamente?

Shannon y su contraparte venezolana hablarán franca y extensamente. Se tomarán fotos. Pero sus posiciones seguirán  irreconciliables. Ni siquiera tienen embajadores acreditados.  

Maduro podría salir de esta crisis si fuera menos retórico, si aprendiera más a ceder que a imponer; si estuviera dispuesto a aceptar que el poder no es patrimonio de unos pocos sino herramienta de la sensatez para que todos converjan.

Nadie puede gobernar solo. La política es un proceso que requiere de aportes no solo de las mayorías (¡que Maduro no tiene!), sino de un enfoque de interés común.

El que aprende a convivir con los adversarios, avanza. El que acumula poder, no necesariamente acumula sabiduría. Siempre vivirá aislado y temeroso. 

Más bien creo que las conversaciones entre Caracas y Washington seguirán alargándose y arrastrándose. 

¿Tiempo perdido o causa insalvable?

Después de eso, el gobierno de Maduro seguirá enfrentado no solo a sus adversarios sino a sus propios yerros, que ni siquiera atisba.

Si la diplomacia falla, ¿cómo se zanjarán las diferencias?

 

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