Orlando López-Selva
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Llegó a La Habana, Ban Ki-Moon, el Secretario General de la ONU, para dar fe del acto. Testigo del acuerdo fue Raúl Castro, guerrillero convertido ahora en jefe de Estado. ¿Lucubraba o desmadejaba todos sus credos y dogmas amargos?
Lo bueno: el difícil acuerdo de paz fue finalmente firmado —entre Timoleón Jiménez, Jefe de las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y Juan Manuel Santos, presidente colombiano. 
Los dos signatarios vestían de blanco. Las guayaberas les hacían lucir como cirujanos impolutos o músicos de esos grupos de vallenato, cuyos organilleros tienen las manos hábiles por sus febriles ejecuciones. Timoleón reía mucho. Santos lucia más comedido. Pero se dieron la mano. Ambos esgrimían los acuerdos de paz, empastados en rojo: el uno como si alzara un rifle; el otro como si alzara, solo eso, un acuerdo.

Raúl Castro sonreía bajo su ralo bigote. Era testigo de cosas impensables. O lo que nunca quiso y ahora le contradice. El tiempo le ha hecho dar giros tímidos hacia la moderación y la prudencia —que nunca admitiría con madura franqueza. 

Y lo sucedido en La Habana es una buena noticia. Los latinoamericanos no nos hemos dado cuenta que nuestros aportes a la paz mundial son significativos —mientras en Europa, Asia y África oscilan entre crisis políticas financieras y conflictos sangrientos que se alargan y extienden, o porque irrumpen las barbaries terroristas.  

La muy probable conversión de las FARC al mundo civil es un milagro de la paz. Los guerrilleros, ahora pasarán a la vida civil. Posiblemente se convertirán en legisladores, o profesores universitarios y abran programas de radio y televisión. O sean columnistas que expliquen sus sentimientos, justifiquen sus acciones y elaboren sus ideas acerca de lo que debe ser la democracia, la justicia, la paz.

Todo lo permite la democracia, aunque a veces se le vea como tonta, débil, permisiva o alcahuete. Pero no actúa con maldad. Incluso se le abusa y critica. Se le manipula. Y ahora los que más la maldijeron como una “farsa burguesa”, la usan para sus fines bellacos o sus conspirativas perfidias.

Siempre habrá críticas a lo que Santos hizo. Y le vendrán ataques de todos lados. Pero serán más inmisericordes los del lado  democrático, o de sus pares anteriores: Gaviria, Samper, Pastrana (¡Ellos habrían querido esto, a su manera!). Uribe será un espadachín contra el actual Presidente colombiano, que hoy luce sus laureles, en el podio de los exitosos que consiguieron ponerle fin a una guerra civil que sangró a toda Colombia.

Pero habrá quienes inculpen a los paramilitares y militares por no haberse agenciado una oportunidad así para asirse a la vida civil, sin tachas, reproches o acusaciones.

También veremos a los que nunca perdonarán a los guerrilleros hoy firmantes, porque perdieron a un familiar. Este conflicto  sangró, mutiló, hirió o marcó dramáticamente las vidas de niños y madres viudas. Dividió a innumerables familias.

Habrá críticas a los procedimientos, las cláusulas, las amnistías o a los juicios mismos que juzguen a tantos asesinos confesos o bien imputados. 

Pero, siempre abundarán las preguntas surgidas de la conciencia o las perspectivas: ¿Ciertamente se desarmarán los guerrilleros? ¿Cuántos se rebelarán y no entregarán sus fusiles por temor a ser emboscados por los paramilitares? ¿Será un acuerdo frágil o alguien entre los guerrilleros dirá que los firmantes son traidores? ¿Los próximos gobiernos colombianos honrarán estos acuerdos?

Las perspectivas, basadas en estadísticas, favorecen  a los guerrilleros colombianos: el Movimiento 26 de Julio (Cuba); el FSLN (Nicaragua); el FMLN (El Salvador);  y los Tupamaros (Uruguay), han alcanzado el poder por la vía electoral.

¿Por qué tantas muertes, causantes del innecesario dolor que después hacen reflexionar y ver retrospectivamente que el camino correcto era la democracia? 

¡Es inaceptable un conflicto armado para llegar a esto!

Lo bueno es que la paz propicia oportunidades para el civismo; da honra y dignidad a los que fielmente la ejercen. 

¿Será este acuerdo otro hermoso y bien escrito papel mojado?

De todos modos, la paz da oportunidades para integrar, crecer, desarrollarse, aunque no tiene remedios curativos para las profundas heridas que cuartean al pueblo. Es difícil el perdón.  

Muchos no lo aceptarán jamás.

52 años han transcurrido. Nunca debieron morir 220,000 colombianos. 

Nunca la paz estará libre de riesgos, desencantos y dificultades. 

Solo deseo que los buenos compatriotas de García Márquez y Botero comprendan que es mejor esto a lo que tenían: una soga al cuello y una venda en sus ojos que les envenenaba el futuro. 

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