Erick Aguirre
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El Festival Internacional de Poesía de Granada rindió homenaje al escritor Beltrán Morales en sus ya recurrentes jornadas de “El autor y su obra”. De Beltrán recuerdo un primer encuentro en la redacción del suplemento Ventana, poco antes de su fallecimiento en 1986. Esa vez se sorprendió gratamente al reconocer en mi nombre y en mi rostro alguna referencia o algún recuerdo de su amistad con mi padre.

Llevaba como siempre aquella boina vasca sobre el cabello hirsuto (“murruco”, le gustaba subrayar a él, obsesionado con alguno de sus ancestros). Era alto y lucía algo desaliñado; usaba guayabera, jeans y unas sandalias viejas de cuero, sin calcetines, como las de un fraile pobre; bigotes gruesos, rostro alargado y grandes anteojos.

Estuvo conversando buen rato con Donaldo Altamirano y con los jóvenes redactores del suplemento. Al final de la plática, ya casi anocheciendo, lo acompañamos hasta su viejo Volkswagen escarabajo, color naranja, en el que se marchó gritando alguna clase de chiste que dejó a Donaldo riéndose a solas por un rato.

Otras veces lo encontré charlando y tomando café con Raúl Orozco y Gustavo Adolfo Páez en la cafetería de la Casa Fernando Gordillo, y luego lo vi otra vez en una fiesta en casa de Gustavo.

Esa vez empuñaba con elegancia un lustroso bastón de madera y mordía la boquilla de una pipa sin tabaco.

La fiesta era aburrida y nadie tenía ya cigarrillos. Al cabo de un rato me hizo un guiño y me llamó afuera, al jardín. Se quitó la boina, y del nido de oropéndolas de su cabeza sacó una cajetilla de Alas sin filtro, y me ofreció uno. Fumamos un rato en silencio, escuchando pensativos el cercano concierto de los grillos.

Yo entonces ya había leído Sin páginas amarillas (1976), su libro de textos críticos. Le dije que después de leerlo me preguntaba por qué insistía tanto en eso de impugnar el “horrible fardo de nuestra tradición literaria”. Antes que contestara me anticipé a decirle que estaba de acuerdo, y me dijo: “bien por vos, pero hay que tener cuidado”.

Al comienzo creí entender a qué se refería, pero en realidad quedé más confundido. Después quise indagar sobre las razones de su distanciamiento con escritores como Juan Aburto y Fernando Silva; pero no quiso o no tuvo tiempo de responder. Me evadió con un chiste y volvió rápidamente a la fiesta, riéndose.

Después de su muerte, por un obituario publicado en Ventana supe del rencor que aún le profesaba Juan Aburto, quien agradeció a “las parcas” por habérselo llevado. Por su parte, el poeta Silva guardó respetuoso silencio.

Hoy sigo pensando en la insistencia de Beltrán acerca de nuestra tradición literaria, y me pregunto si, a la larga, aquella insistencia habrá podido llevarnos, después de todo, ya no a emprender sino a profundizar en el intento de una revisión totalizadora de nuestra literatura.

Algo de ese afán de impugnación es notable también en su obra poética. Roque Dalton y él fueron quienes organizaron y le dieron forma definitiva a ese tono socialmente mordaz e impugnador que ha caracterizado a mucha de la poesía centroamericana desde los años sesenta hasta la fecha.

Aunque narrativos y coloquiales como el mejor Cardenal, ambos aprendieron la lección de Nicanor Parra y su antipoesía: mantener a raya esa nostalgia edénica y sentimental de los neorrománticos, con el uso constante de la ironía y hasta de la procacidad y el lugar común, para transferirle a su poesía ese valor corrosivo tan necesario a los propósitos éticos o ideológicos de una generación apremiada por el ingente deseo y la apasionada voluntad de “cambiar la vida”.

Los poemas de Beltrán tienen un carácter básicamente ofensivo, como bien lo ha apuntado Sergio Ramírez. La palabra poética como arma de ataque directo a las deformaciones sociales del statu quo, a sus reflejos inaceptablemente rígidos: la hipocresía, la doble moral, la domesticación urbana, las instituciones, las clases sociales y sus manías y mentiras.

Dice Ramírez de Algún sol (1969), primer libro de poemas de Morales; que para definir su propuesta resultaba entonces demasiado tradicional usar el concepto de poesía social. “Mejor sería hablar de poesía antisocial”, decía, aunque yo creo ahora que, jugando el mismo juego de Beltrán, también podría hablarse de antipoesía social.

Hay que reparar sin embargo en que Algún sol, entre otras cosas contenía el propósito audaz de renovar ciertas formas de hacer poesía en Centroamérica, recurriendo con frecuencia a la forma epigramática, una antigua tradición que actualizó o modernizó entre nosotros Ernesto Cardenal.
Se dice –no sé si con suficiente certeza– que a partir de entonces Beltrán evolucionó hacia una poesía más sencilla e inmediata, estructuralmente menos compleja, recurriendo, como dije, a la versificación breve y apretada del epigrama; rasgos estilísticos que, en efecto, son plenamente evidentes en Agua regia (1972) y Juicio final / Andante (1976).

Según Julio Valle-Castillo, la ironía punzante de la primera poesía de Beltrán se fue apoderando poco a poco de toda su obra. “Del ingenio pasó a la ingeniosidad y al artificio”, dice Valle. Aunque la mayoría de sus poemas siguieron siendo políticos, incisivos y mordaces, y nunca dejaron de caricaturizar al poder; en la última etapa de su poética Valle lamenta la economía verbal.

Para Valle la poesía de Beltrán devino en detrimento de su soltura primigenia, en la obsesión por neologismos e invenciones chistosas; aunque siempre fuese brillante, culta y de factura impecable.

Creo que lo más característico y admirable es que siempre fue pensada, escrita y sentida, como dijo Carlos Martínez Rivas, “en clave de NO”. Un tipo muy particular de antipoesía rebosante de ironía, sarcasmo, humor negro y burla constante. Escepticismo en grado máximo.

* Escritor y periodista.

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