José Márquez Céas*
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El oro es un metal noble que desde temprana edad fascinó a los seres humanos por su belleza. Es, quizás, el metal precioso más utilizado en orfebrería; tiene un amplio uso monetario como medio de pago, atesoramiento y conservación de valor; y también es muy empleado en medicina y en varios procesos industriales.

No es extraño, pues, que Rubén Darío (1867-1916), amante infatigable de la belleza ideal y de toda belleza concreta, encontrara en el oro un motivo imperecedero para nutrir su obra literaria, como podemos comprobarlo en los siguientes ejemplos.

Primero, “La canción del Oro”, donde un poeta trashumante expresa con amargura y rebeldía su profunda queja existencial a través de su canto al oro.  Mi estrofa preferida es la que califica al oro como: “dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter”.

En segundo lugar, el poema “Canción de otoño en Primavera”, en el que Darío describe sus amores en diferentes etapas de su vida, añorando la juventud perdida, pero al mismo tiempo esgrimiendo triunfantemente la misteriosa frase “Mas es mía el alba de Oro¨, con la que parece referirse a un “amanecer” idealizado que perdura en su ser interior y cuyo significado profundo solo él conoce.

En tercer lugar, la estrofa del poema “Momotombo”, donde se equipara  simbólicamente la edad juvenil, con el dorado metal: “El tren iba rodando sobre sus rieles. Era en los días de mi dorada primavera y era en mi Nicaragua natal”.

En cuarto lugar,” La Isla de Oro” (1907), escrita por Darío durante su primera visita a la maravillosa isla de Mallorca. La presentación que hace el poeta dice: “He aquí la isla en que detiene su esquife el argonauta del inmortal ensueño. Es la isla de oro por la gracia del sol divino. Vestida de oro apolíneo la vieron los antiguos portadores de la cultura helénica, y los navegantes de Fenicia que, adoradores de Hércules, le alzaron templos en tierras españolas…”.

En su segunda visita a Mallorca Darío escribió “El oro de Mallorca” (1913).  El poeta no buscaba un tesoro del precioso metal, sino el influjo mágico de la isla dorada, cuya belleza esperaba que inspirara su producción literaria durante su estadía en Valldemossa.

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