Jorge Eduardo Arellano
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El presidente liberal de Nicaragua José Santos Zelaya apoyó al caudillo ecuatoriano Eloy Alfaro (1842-1912) para tomar el poder en su patria con el vapor Momotombo, cien mil pesos y gran parte del armamento nuevo adquirido por Zelaya en Europa. Entre ese arsenal figuraban cañones Krupp de montaña que decidieron las victorias de Alfaro en los combates de San Miguel de Chimbo y Gatazo. Además, el Gobierno nicaragüense había reconocido el 22 de julio de 1895 la beligerancia del Gobierno provisional de Alfaro.

Desde entonces, llevando a la práctica el internacionalismo liberal, Alfaro opuso al panamericanismo de James Blaine el ideal bolivariano, empeñándose en restaurarlo. El 10 de agosto de 1896 invitó a todos los países hispanoamericanos para reunirse en México, convocatoria a la que asistieron siete de ellos: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, México y Ecuador. Al año siguiente, aprovechó la visita al Ecuador de su viejo amigo Fernando Sánchez para asignarle el encargo de presentar su plan sobre la gran Colombia al presidente Zelaya, que incluía la unión centroamericana.

El plan de Alfaro no cesaba. En abril de 1901 surgía en Quito una junta patriótica colombiana —organizada por liberales de ese país— que le proclamaba supremo director de la Antigua Colombia, disponiendo del apoyo de los generales José Santos Zelaya de Nicaragua, G. Vargas Santos de Colombia y Cipriano Castro de Venezuela, “esclarecidos caudillos de América”, como los denominaba en ese documento. Existen más datos que revelan el “bolivarismo” del Cóndor Revolucionario del Ecuador, pero los anteriores bastan para ubicar su internacionalismo latinoamericano frente a la posición monroísta, o panamericanista, de la potencia del Norte.

¿Y Zelaya? Sin su aporte, Alfaro no hubiera triunfado en su lucha por el poder en su patria. Ambos abrieron brechas de entrada al siglo XX encarnando al liberalismo no solo como ideología, sino como temple. Ambos modernizaron sus respectivos países en materia de superestructura ideológica: libertad de cultos y laicismo como pauta de acción estatal, democratización de la enseñanza y legislación avanzada o “en armonía con los adelantos de la época”. Ambos también los transformaron infraestructuralmente estableciendo, entre otros, el alumbramiento eléctrico. Ambos promovieron el transporte: Zelaya ensanchó la red ferroviaria de Nicaragua y Alfaro construyó el ferrocarril de Guayaquil a Quito. Ambos sustentaron sus proyectos en la burguesía: en la cafetalera de Nicaragua y la cacaotera del Ecuador, o de su costa. Pero sus gobiernos tuvieron finales distintos: el de Zelaya estuvo marcado por su enfrentamiento con el poder de Washington y el de Alfaro por el suyo con el tradicionalismo reaccionario. 

Zelaya apoyó siempre a Alfaro. Cuando este cayó políticamente en desgracia, los liberales nicaragüenses le remitían dinero. Así en mayo de 1902 Alfaro escribía a Fernando Sánchez, tras hacerle varios encargos para el presidente Zelaya: “Las cantidades que ustedes me proporcionan se las reembolsaré con mis agradecimientos con intereses, aunque bien sé yo que ustedes no se preocupan de ello”.

En su momento, tras asumir su primera presidencia, Alfaro había declarado a Zelaya “Ciudadano Benemérito de la república del Ecuador”. Resumiendo: ambos fueron figuras magnas del liberalismo latinoamericano; pero Alfaro superó a Zelaya en su internacionalismo bolivarista y en potencialidad revolucionaria, alcanzando mayor talla continental. Más aún: su producción escrita superó en mucho a la del nicaragüense y el caudillo ecuatoriano proyecta actualmente una mayor radicalidad.

Sin embargo, no optó por la insurrección indígena, solo por la campesina de los “mantuvios”. He aquí la justificación del propio Alfaro: “No dejaré de consignar de paso que debido a la protección que por humanidad y justicia había otorgado mi Gobierno a la clase indígena desvalida, estuvo en mi mano levantarla como elemento de exterminio contra mis frenéticos enemigos políticos y no lo hice porque esa medida entrañaba feroz y sangrienta venganza por parte de una raza que, bárbaramente vejada durante tres siglos de opresión exterminadora, no habría dejado, en represalia, ni vestigios de sus legendarios opresores”. 

A mediados de 1885 Alfaro visitó por primera vez Nicaragua. En esa ocasión, un joven liberal de 18 años, que muy pronto deslumbraría al mundo con su creación poética, le hizo una entrevista inserta en El Porvenir de Nicaragua (Managua, núm. 4, 11 de junio, 1885), que comenzaba: “Estaba frente a frente del gran republicano. Veía brillar sus ojos con el fuego extraño que anima la mirada de ciertos hombres, fuego de ardor incomprensible que da a conocer el temple de los grandes caracteres.”

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