Lesli Nicaragua
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La máxima beauvoriana de se hace y no se nace es aplicable a toda profesión, pero en el caso del periodismo, se es lo que se hace. Hasta cuando uno empieza a sentir esta diferencia -que García Márquez llama el bombeo al revés de la sangre- se es un verdadero periodista. Porque, dejando atrás los estereotipos inicuos  del bohemio, el famoso o el dotado, hay que entender que este es un pequeño clan,  en el cual solo entran los mejores. 

Y ser mejor en periodismo no es cuestión de talentos ni de suertes, sino de cultivación de hábitos, que comienzan por el estudio bárbaro de los anteriores, de los que desbrozaron  los caminos. Esto obviamente repercute en los estilos y en los enfoques. Nunca en el mimetismo, ni mucho menos en la copia fácil, lo que los alemanes le llamaron kitch.

Este preámbulo es necesario una vez que he tenido la suerte de impartirle periodismo y literatura  a por lo menos siete generaciones de periodistas  de los cuales poco más de una docena han quedado cultivando el oficio, y de ellos tal vez siete forman parte de ese buen grupo de colegas que lo hacen muy bien.

¿Qué pasó con los demás? Sus motivaciones fueron las diferencias. José Luis Martínez Albertos, el máximo deontólogo del periodismo español, lo resume en su gran trabajo El periodismo en el siglo XXI: más allá del rumor y por encima del caos. En su excelente trabajo desentraña el ADN del enemigo del oficio: el rumor –que 

Ignacio Ramonet llama el tirano- y el caos –la pobre ética en la información.  

Estos alumnos venían perfectamente dirigidos hacia la cosmetiquera del espectáculo –que no demonizo, pero sí debe dejar de ser tirano y crecer en calidad-. Me apena ver jóvenes haciendo ridículos frente a cámara, sin la menor impudicia. Lo traían microprecesado en sus cerebros. “Profe, la tele es la que da”. “La planificación de campañas, da”. Frases como estas me descorazonaban cuando les intentaba impartir lo aprendido en los talleres de periodismo narrativo o la mancomunión relato de no ficción y periodismo. O mejor aún, cómo Darío inventó la crónica y cómo diseccionar ese ornitorrinco.

Al final, me quedé expectante con los que fueron más denostados por ser una especie de niños especiales con su carrera. Esos que leyeron Cartas a un joven periodista, y que Cebrián les decantó por la información escrita, práctica para la que ya tenían aptitud novicia.  Porque les permite desarrollar habilidades personales  y una reputación más allá de las ideales que alguna vez prefiguraron, cuando me decían que era un prestigio el que alguien no solo leyera, sino que creyera lo que escribiese.

Aquellos que manifestaban –incluso en la lejana Escritura creativa con la que los iniciaba-  un impulso creador a lo John Lee Anderson, de no entrar nunca por la puerta del frente. Y entonces el interés personal y las ganas de cambiar la sociedad se convirtieron en estilos que los definen. Y lo digo con el peso de las letras, porque me ha tocado algunas veces corregir sus textos, y me da gusto saber que todo comenzó con sus motivaciones. Porque -como dijo uno de los mejores periodistas del siglo XX, Ryzard Kapuscinski- los cínicos no sirven para este oficio.
 
*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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