Orlando López-Selva
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David Cameron dejó su cargo voluntariamente. 

Cuando los políticos abandonan sus cargos, se presenta una película recordándonos lo bueno y lo malo que estos personajes han hecho… o han dejado de hacer.

En ese contexto, el ex primer ministro británico David Cameron se despidió del l0 Downing Street (su casa de gobierno). Pronunció un discurso de recuento personal: los aciertos y todo el conjunto de emociones encontradas que se suscitan. Lució patriótico. No hubo mea culpas.

¡Solo en las democracias plenas los políticos pasan! Es una condición noble,  carente de egoísmos, arrogancias o indispensabilidad. 

Los diarios británicos incisivos pero elegantes, mordaces pero inteligentes, han evaluado los 6 años del primer ministro. 

¿Es creíble la prensa británica? Sí; usa la libertad para fortalecer la opinión pública; es balanceada. Enaltece al justo, no al conspirador.

Cameron hizo un esbozo rápido de sus logros generales en cuanto a la políticas internas de Gran Bretaña (GB): sus éxitos en salud, acceso a hospitales, la disminución de los impuestos, aumento del empleo, creación  de más empresas pymes, la instauración de un programa de Servicio Nacional de Ciudadanos que atrajo a 200,000 voluntarios para ayudar a los más necesitados, etc.

En lo pertinente a política exterior, destacó que la ayuda de los britons se mantuvo para los países más pobres en áreas sensibles como el agua potable o la construcción de escuelas. Se explayó en los temas de seguridad para confirmarnos que a pesar de los tiempos difíciles y de prueba, “Gran Bretaña es más grande y más fuerte”. 

Obviamente, Londres no pudo atinar siempre en su alianza-y-membresía con Washington y la Unión Europea, respectivamente, para resolver todos los recurrentes problemas contemporáneos: Libia, Crimea, Siria, Palestina y Afganistán. Aunque el papel de los británicos se pudo haber diluido, cuando uno ve su participación únicamente en la gran Unión Europea, cuyo liderazgo franco-germano mantuvo a distancia las posturas de Londres, y se trataba de enfoques y soluciones divergentes. Igual sucedió por los aprietos de los refugiados sirios (para mí, ¡un gigantesco detonante mundial de crisis! ¿Qué se ha resuelto ahí?); que tuvo una enorme incidencia en las mentes de tantos británicos que se vieron ahogados con las políticas de Bruselas de ponerles cuotas y contribuciones para compartir la estrujante carga humana y financiera. El asunto de la movilización laboral de europeos hacia GB también les colmó la paciencia. Y en la OTAN, aunque compartían principios, estuvieron más inclinados a las opciones realistas de Washington que  a las idealistas de Bruselas.

Lo desatinado de Cameron fue que él prometió irse, creyendo que ganaría el referendo. Falló.

¿Mal olfato o sobreconfianza?

Y cuando el Premier  saliente enfatizó en que “el espíritu de servicio para el interés común” es la cualidad más sobresaliente de GB, me enganchó esa sola línea.  

Y es que esa condición inherente al servicio público ha sido olvidada por los políticos de muchos de nuestros países. Es la definición noble (¡aunque siempre vilipendiada por sirios y troyanos!) de ese antiguo oficio, que tantos desdeñamos y pocos asumen con entrega solidaria.

Todo político promete ser servidor, pero rápidamente sucumbe a la condición autoritaria. ¿Toda virtud es débil ante la tentación de controlar el poder?

Ahora que Cameron sale, a pesar de las críticas, se confirma las grandes premisas morales que sustentan el trabajo de los líderes  británicos: el espíritu de servicio y no aferrarse al poder. 

Si ellos se pueden sentir temporales y sustituibles, ¿por qué nuestras castas provincianas solo pueden sentirse imprescindibles, eternas, superiores? 

El punto es que comprometen su palabra y cumplan porque saben que serán juzgados por sus actos, que los convertirán en responsables ante sus electores.  

Los conservadores perdieron a un líder, pero no perdieron el poder de gobernar. Pero ¡cuánto valor tiene la palabra del hombre desprendido! Él ya no disponía del respaldo popular suficiente para liderar en esas condiciones a Gran Bretaña. 

Seguramente Cameron ha cometido errores y pifias, pero habrá otras cosas buenas por las que debe ser bien valorado.

No importa la ideología del político. Cada quien ve el universo de manera distinta. Solo importan justicia, servicio y el bien común.    

Una vez más, como político que sabe servir, Cameron, no se aferró al poder porque le interesara ser el todopoderoso y temido, sino porque el interés nacional era más importante que cualquier mezquindad partidaria. 

Ese espíritu de servicio es elevado. Solo los políticos mediocres se solazan siendo servidos.    
Theresa May, la sucesora de Cameron, mantendrá ese espíritu. Los británicos tienen dignidad y grandeza.

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