Erick Aguirre
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Uno de los más fieles amigos y colegas de Beltrán Morales sin duda fue Donaldo Altamirano (o Pedro León Carvajal o Teofrasto Talavera: sus heterónimos). Donaldo es quien con más encono, meticulosidad y fervor ha defendido y defiende las razones profundas que sustentan el aliento impugnador del orden establecido que rezuma cada pieza literaria escrita por Beltrán hasta su muerte.

A Donaldo lo conocí también en la redacción del suplemento Ventana, a mediados de los años ochenta. Al comienzo fue parco, pero finalmente se abrió un poco luego que se publicó en el suplemento uno de mis primeros trabajos como redactor: la reseña de un libro de cuentos de Lizandro Chávez Alfaro.

Donaldo era duro y minucioso (y lo sigue siendo) en sus críticas y señalamientos a otros autores contemporáneos suyos, y más todavía con los menores que él, aunque mostraba cierta benevolencia cuando el entonces joven poeta Xavier Quiñónez le daba a leer alguno de sus poemas.

En el fondo creo que su dureza no es más que una gran generosidad escondida. Creo también que mi admiración por Beltrán y mi interés por la poesía del cubano José Lezama Lima fue lo que al fin rompió entre nosotros el hielo y lo hizo finalmente admitirme como un prospecto aceptable entre los pocos jóvenes que entonces se le acercaban buscando consejos. 

Donaldo estudió dibujo y pintura desde muy joven en la Escuela de Bellas Artes de Managua, donde se vinculó con el grupo Praxis y frecuentó los antros en donde coincidía la generación literaria de los años sesenta. Luego continuó sus estudios artísticos en una academia de México.

Se graduó en  Filosofía por la Universidad Federal de Minas Geraes, en Brasil, y realizó una Maestría en Dialéctica Clásica en la Universidad de La Habana. 

Después de tantos años seguimos siendo amigos, y todavía en estos tiempos tenemos chance para dialogar largamente sobre literatura y otras cosas relacionadas con nuestro “desierto municipal”, como él llama a veces a esta ciudad que es más bien, diría yo, un infierno municipal. 

En alguno de esos encuentros hemos hablado sobre su trabajo literario (el ya publicado y el que permanece en proceso), pero nunca he tenido oportunidad de indagar con él acerca de qué significó su primer libro, Ya floreció el cadáver (1975).

En la información bibliográfica de sus dos libros más recientes, Todos los días de mi muerte (1996) y Fracciones de algún total (1998), no aparece referencia alguna a ese libro suyo primigenio, que como casi toda su obra es genéricamente inclasificable, aunque su naturaleza primordial es indudablemente poética.

La mayoría de sus textos están escritos en prosa, pero una prosa cuya puntillosa oblicuidad nos permite enfrentarnos permanentemente con los bordes difusos que la diluyen con la poesía; un lenguaje que descubre en la forma de la prosa una singular esencia poética.

Donaldo concibe el lenguaje como una herramienta de tensión, reflexión y resonancia que le permite iluminar territorios inéditos lindantes entre la narrativa y la lírica; nuevas zonas verbales en cuyos parajes sin duda logra encarnar la poesía.  

No se trata de tropos ni de figuras pretendidamente poéticas trasladadas a la prosa, sino del desencadenamiento o la liberación de múltiples referencias frecuentemente poéticas, que gracias al uso más libre de la prosa toman conciencia de sí mismas y llegan finalmente a cumplir una misma función: aquella que, como sugirió Ernesto Mejía Sánchez, debe cumplir un buen prosema.

Por la creación constante de una atmósfera absorbente, casi neurótica, construida con inteligencia y agudeza sobre los detalles de la cotidianidad, los textos de Todos los días de mi muerte y Fracciones de algún total, pese a que el propio autor los presenta como narrativa, deben ser considerados, desde mi perspectiva, esencialmente poesía. 

Del título de su primer libro se desprende la lectura, transversal y constante en su literatura, de T. S. Eliot; lo mismo que el influjo permanente de Joyce, Lezama Lima, Onetti, Guimaraes Rosa y Martínez Rivas. 

Actualmente, Pedro León Carvajal ha terminado un libro extraordinario que permanece inédito y que, ahora sí, el mismo autor clasifica genéricamente como poesía. Está escrito relativamente en versos. Se titula Donde germina el buen pasto, y entre sus amigos circula una edición facsimilar con dibujos de Donaldo Altamirano. Un libro que espera la digna recepción crítica del doctor Teofrasto Talavera, traductor de silencios.

* Escritor y periodista.

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