Jorge Eduardo Arellano
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Hasta ahora, el joven dariano Rodrigo Caresani (Río Cuarto, Argentina, 1980) no ha publicado libro alguno ––de crítica e interpretación–– sobre el nicaragüense máximo. Apenas, cursando el doctorado en literatura de la Universidad de Buenos Aires (UBA), ha difundido dos volúmenes de crónicas darianas. Eso sí: con lúcidas introducciones y notas precisas y pertinentes. 

El primero, titulado Crónicas viajeras / Derroteros de una poética, lo lanzó en 2013 la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, conteniendo un solo error a lo largo de sus 329 páginas. En la 307: haber afirmado que la primera edición de Azul… (1888) incluye una sección de poemas en francés titulada “Échos” (con tres textos); pero tal sección no apareció sino, en la segunda edición: la guatemalteca de 1890. 

En su introducción, Caresani retoma el arte del cronista viajero que fue Darío como producto de su ansia de modernidad, centrada en la experiencia urbana. Así, elige los escritos en prosa del gran poeta que considera más significativos de su “proyecto estético sin precedentes en la lengua española”, deslindándolo en tres partes: “El viaje moderno: miradas urbanas. Tres hitos de un desplazamiento”, es la primera y comprende, a su vez, tres secciones: “Ciudades americanas”, “Contrastes y disonancias de la modernidad” y “París, capital de la modernidad: de la euforia al desencanto”.

Si la segunda parte se titula “El viaje ilusorio y la ensoñación modernista”, la tercera “Programas darianos: el viaje estético”. En total, suman 38 los escritos antologados, dos de ellos desconocidos, pertenecientes a la serie de siete que Darío escribió ––a finales de 1895–– sobre la tercera exposición de arte del Ateneo de Buenos Aires por encargo del periódico porteño La Prensa. La serie, registrada por el español Antonio Oliver Belmás en su obra "Este otro Rubén Darío" (1960: 235), fue analizada por la investigadora argentina Laura Malosetti Costa en el capítulo: “Schiafino, Darío y el proyecto modernista” de su obra Los primeros modernos. Arte y sociedad en Buenos Aires a fines del siglo XIX (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001).

Ella ha insistido con acierto en el carácter programático de estas crónicas, donde Darío “no solo habló y opinó minuciosamente acerca de todo lo que podía verse en el salón, sino que trazó una historia del arte en el continente, dictó cátedra estética y sostuvo sus convicciones y predilecciones en materia estética, en la que se mostraba no solo al tanto de las últimas novedades y tendencias, sino también, dueño de una sólida cultura histórica-artística”.  

¿“Una historia del arte en el continente”? No tanto, pero sí quizás la primera  reseña histórica de la pintura en América Latina, ya que consta de nueve párrafos cortos, excepto uno. Caresani la anota ampliamente, como lo hace con las otras seis crónicas darianas en su segunda compilación: Crónicas de arte argentino / Paseos por el Ateneo de Buenos Aires en 1895 (Managua, Embajada de la República Argentina, 2016). Presentado por el embajador Valle, se publicaron originalmente en La Prensa de Buenos Aires el 21, 22, 23, 25, 27 de octubre, y el 1 y 10 de noviembre de 1895.

El embajador Valle advierte que en esa serie pionera, Darío interpreta piezas de los cuadernos de artes plásticas más destacadas de su tiempo en la Argentina, como Eduardo Schiafino (quien retrató al propio Rubén e ilustró la cubierta de Los Raros), Ernesto de la Córcova, Eduardo Sivori, Augusto Ballerini, Ángel Della Valle, Martín Malharno y Diana Cid de García, entre otros artistas. 

Por su parte, Caresani concluye su análisis afirmando: “En sintonía con los Salones (1845-1859) de Baudelaire, el del nicaragüense convoca a cada paso una moderna ‘biblioteca’ que, mientras traduce y vuelve inteligibles las obras pictóricas a partir de las propias experiencias estéticas, le da entidad  a una concepción de la cultura como cita de citas, sin referentes exteriores, extra-artísticos…”. Darío, pues, se inscribe en la línea de la crítica de arte moderna fundada por Charles Baudelaire. 

En 1896 el nicaragüense máximo era presidente de la sección de Bellas Artes del Ateneo de Buenos Aires (dato que omite o desconoce Caresani), como lo informa en su discurso del Ateneo de Córdoba el 15 de octubre del año citado. Finalmente, Darío encabezó cada una de las siete crónicas con una cita en inglés del crítico John Ruskin (1819-1900), guía e inspirador del movimiento prerrafaelista que él tanto admiraba. 

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