Lesli Nicaragua
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Harold Evans, uno de los periodistas más influyentes de Inglaterra de finales del siglo veinte, lo dijo una vez. Y no con la premura la incidencia humana, sino, con la pesadez de un profesional que alentó tanto la calidad y verificación de datos de cada noticia, que creó la mejor escuela de periodismo de investigación en su país cuando dirigió The Sunday Times y más tarde el Times. 

Fue en 2009, una tarde gris de diciembre en Nueva York, de esas en que las ventiscas no solo conmueven la piel, sino que compungen los bordes del corazón de incluso los más veteranos soldados de la profesión. Se lo dijo a Juan Cruz -el periodista que todos queremos ser-, cuando le preguntó si todo el mundo puede ser periodista. “Es un oficio abierto, pero requiere de una serie de habilidades que alguna gente, dentro y fuera (del campo periodístico), no tiene”, respondió Evans desde sus ochenta años, con su cara intacta y su respiración tenue.

Lo escribo porque desde que me entró la gana de ser periodista, un mediodía de marzo de 1999, cuando José Esteban Quezada me llevó a la Radio 580 y me dijo que leyera una nota al aire para su noticiero Sucesos, ya que esa vez Pepe Areas no había llegado y nos tocó a los dos hacerlo todo, me quedé atorado en el análisis de los discursos periodísticos –materia que años después retomaría académicamente.

Porque la nota estaba tan mal escrita, que seguí repasándola en mi cabeza una y otra vez, incluso dormido. Después del radionoticiero, el mismo “Balín”-un viejo sociólogo y duro periodista, que no pasaba mis notas cuando le hallaba el mínimo error- riendo, me dijo: “Hay unos colegas que escriben con los pies. Lo bueno es que la leíste como debía ser”. Más tarde descubrí que quien había redactado la información era otro viejo periodista granadino, que más después, como un bautizo, le regaló a su hijo su grabadora diciéndole: “Tomá, ya sos periodista”. Una jugada que le valió la risa y la lástima de muchos colegas, pero que al final, consiguió lo que buscaba: que le dieran chance al muchacho. 

Esta anécdota la recuerdo cada vez que leo, escucho o veo a reporteros que no se tropiezan con una piedrita en la sintaxis –como decía Gabo-, sino, incluso, con el grano de arena de la lógica.

Aunque tan minúsculo error conlleva al alud de la desinformación, y para muestra están las fe de erratas, las fotos trucadas o las disculpas en negrita. 

Esto me lleva a coincidir con Miguel Ángel Bastenier, quien en el VII capítulo de su megalibro Cómo se escribe un periódico, expresa que para llegar a ser un buen periodista “no vale la vocación, que solo sirve para dedicar la vida a la iglesia y su sacerdocio”, mucho menos “el olfato que solo sirve para oler”, y menos “el instinto, que solo sirve para poner las manos por delante cuando nos caemos”.

Para él, existen 19 condiciones para ser el mejor. Primero, el dominio de la lengua –y si es universal, como el español, nos da ventaja-, los estudios –así en plural-, etc. (en otro artículo ahondaré en esto). Porque para Bastenier como para Evans “se debe reconocer que hay buenos periodistas que nunca jamás serán buenos reporteros, ya que el periodismo es un oficio diverso dentro de una profesión”, la cual, obviamente, no está abierta para todos”.

* Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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