Carlos Andrés Pastrán Morales
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La vida resulta menos complicada cuando uno se centra en sus objetivos, en sus estudios, en lograr sus metas, en convivir con la familia y tener buenos, pero pocos amigos, sin embargo de manera inesperada, siempre ocurren tragedias o problemas, situaciones que nos dejan un mensaje, una moraleja, algo de lo que aprendemos, que nos deja una gran lección, pero que al final de cuentas, no fue nada justo.

Esta vez me quiero referir al sentimiento que nos produce cuando nos asaltan, nos sentimos impotentes, porque nos arrebatan algo sin importancia, pero se llevan un poco de nuestra dignidad.

Hace unos días tomé la ruta del bus al salir de la universidad en horas del mediodía. Al tiempo de ir en el camino, de pie, se me acerca un tipo, que inmediatamente me amedrenta, me habla de muerte, que viene del barrio Jorge Dimitrov, que yo le parecía el hermano de alguien que los estaba molestando en el mismo barrio, que iban tres en el mismo bus y por poco me disparan con un arma. Trata de confundirme en medio del bus lleno de gente. Automáticamente me reclama que le entregue el celular que ando en la bolsa, le digo que no llevo nada, pero me increpa que en la universidad él me vio cuando terminé de hablar y lo acomodé en la bolsa del pantalón y me exigió que se lo entregara y al negarme, sacó de su bolsa del pantalón un trapo donde llevaba un cuchillo de cocina para intimidarme. 

Veo su intención, en lo que más obvio es salir inmediatamente del bus, pero entonces me amenaza con esta arma blanca y con disimulo lo pone al lado de mis costillas, tapándolo para que nadie más vea, aunque algunos pasajeros solo se limitan a observar y me siento impotente no poder hacer nada. 

Le digo al asaltante que se tranquilice y me responde que ya sabía cuáles eran mis pertenencias, yo por descuido y apresuramiento llevaba lo mío en los bolsillos. Me quita el celular y se baja inmediatamente diciéndome, ”si me haces algún mate, ya acá te baleamos”.

El sentimiento de torpeza, descuido y adrenalina corriendo en la sangre es inevitable. La cara de angustia al saber que te han despojado de tus pertenencias y aprovechado de vos. A lo que viene la siguiente pregunta ¿Qué hace esa gente para mantenerse? ¿Será que viven totalmente de los robos? ¿Cómo se sentirán luego de robar? Supuse que nada, no les importa nada. 

Al final de todo, las cosas que nos quitan no importan, todo lo material se puede reponer, pero saber que estuviste en riesgo de que alguien te hiciera daño por un asalto, es lo que deja pensando por momentos, horas y días, y pasan por la mente aquellos jóvenes que fueron asesinados por negarse a dar un celular. 

La gran frustración es ir en un bus lleno de gente, algunos ven que te están asaltando y la gente disimula y se queda callada, nadie hace un intento por defenderte, esa falta de solidaridad me impactó. 

No solo es sentirme en riesgo de muerte, sino además abandonado por decenas de gente que va en el mismo bus contigo, que después del hecho solo te dice, ¿qué te robaron?

Creo que si todos nos protegemos y nos defendemos de este tipo de cosas, los ladrones no se atreverían a hacer lo que hacen en los buses. Y no lo digo solo por mí, sino por todos. No debemos permitir que los ladrones que andan en los buses nos atropellen o nos violenten impunemente. 

Entonces, por más seguro que sea el país o el lugar donde vivamos, no hay que confiarse, porque siempre hay alguien que querrá algo de nosotros, por más dejados, descuidados o pobres que seamos. 

Los ladrones se visten de civiles o de estudiantes para que uno no los reconozca o no sospeche de ellos, porque el que me puso el arma en las costillas estaba dentro de la universidad, bien vestido, que me vio usar el teléfono y al mismo tiempo en que yo abordé el autobús él lo hizo igual y se plantó a la orilla mía. 

La vida está llena de enseñanzas, que todos aprendemos tarde o temprano, las cosas materiales se reponen, pero la vida no y se aprende a ser prudente frente al dolor de sentirte ultrajado y violentado en tus derechos y tu dignidad. 

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