Orlando López-Selva
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El 18 de julio, Angela Merkel (demócrata-cristiana) y Theresa May (conservadora) se han encontrado en Berlín. Así, la Primera Ministra británica hacía su primera visita internacional. 

No ha sido un designio casual. En política todos se deben ver las caras, aunque el oficio comporte dramas y comedias de veleidosos personajes enmascarados.

Las dos dignatarias guían Estados-naciones ultra desarrolladas industrial, económica y culturalmente. Ambas graduadas en ciencias: Merkel en Física, May en Geografía; ambas hijas de líderes religiosos; Merkel de un pastor protestante, May de un vicario anglicano. Ambas tienen enorme bagaje parlamentario.

Son jefas de gobierno de potencias occidentales. Alemania es una república federal; Gran Bretaña (GB), monarquía parlamentaria. Alemania, la cuarta economía del mundo; GB, la quinta. Alemania es locomotora de la Unión Europea; GB quiere seguir su propio curso, debido, en mucho, a la espina que provoca el liderazgo franco–germano; y por la amenazante erosión de sus instituciones, valores, y el British flair (los británicos son europeos por vecindad geográfica, pero insulares por gustos y preferencias ancestrales). Bien sabida es su peculiaridad en todo: sistema parlamentario, religión, moneda, vías de conducir, monarquía, peso y medidas.

Merkel está bien en su trono de descoronada monarca paneuropea. Es inteligente, serena y experimentada. Ha conducido por 11años a una  Alemania ―que va del establecimiento homogéneo al riesgoso mosaico cultural―; acechada por desavenencias domésticas; ha liderado a los 28 (hoy 27) Estados-naciones de la UE; ha sido contundente tomando riesgosas decisiones para enfrentar bancarrotas, crisis de refugiados, la presión incesante de los problemas en Siria, Ucrania, Palestina. Es la mandataria occidental que más se ha reunido con Vladimir Putin. Angela sí está curtida de pericias políticas y diplomáticas. Es respetada sin ser temida.

Theresa May es novata en temas internacionales; solo ha sido parlamentaria en Londres. ¡Tarea nada fácil!

Siempre he creído que Merkel, aunque luzca dura por sus posturas, en el fondo desentraña genuina empatía y solidaridad.

May llegó al cargo de Primera Ministra en circunstancias  especiales, críticas. Su tarea inmediata es desentenderse de las breñas contractuales y políticas con la UE, sin reñir, sin mostrar emociones, pero conservando el inquebrantable interés británico de ser “vecino apartado” de Europa, desde una perspectiva más ventajosa que solidaria.

Theresa May tiene una papa caliente es sus manos. Y deberá arreglar un divorcio deseado, pero sin traumas, malas caras o recriminaciones mutuas. GB siente mucho orgullo de ser ella misma. 

Ante el crecimiento de otras grandes potencias del Asia, se arriesga a un ensimismamiento estratégico ¿Jactancioso, cauteloso? ¿Se siente mejor con países de habla inglesa? Militarmente, busca el alero de Washington. 

¿Alguna vez Londres comulgó plenamente con todas las decisiones de Bruselas?

Lo dudo.

Hace algunos años, la entonces primer ministra Margaret Thatcher afirmaba: “a lo largo de la historia, los problemas siempre han llegado de Europa, y las soluciones de Gran Bretaña”.

Si escrutamos las guerras napoleónicas y los dos magnos conflictos del siglo pasado, Margarita tenía razón. ¿Ufanía u orgullo? 

Ni decir del recelo británico hacia los alemanes ―por asuntos de supremacía o viejas heridas bélicas―; con Francia, compiten  por liderar con sus invenciones, conquistas, o lenguas inteligentes, y vender instituciones globales. 

En todo caso, a la longeva monarquía inglesa de los estirados Windsor ―con todas las bondades de su eficiente sistema parlamentario― se les dificultará mantener la cohesión social y política entre ingleses, escoceses, galeses y Nord-irlandeses (¿Y los nuevos inmigrantes paquistanos, sirios o magrebíes?). El mundo, aunque esté forjando grandes uniones y confederaciones, nunca detendrá los impulsos nacionalistas, étnico-culturales, provincianos.

En el orbe occidental, desde los inicios de la reforma protestante hasta nuestros días, ha cundido el interés social por excluir intermediarios. Esto, en religión, significó cero pontífices, cardenales o exegetas bíblicos. En el plano político, germinaron más instituciones de participación democrática directa, sin que mediaran poderes superiores, hereditarios, incuestionables o no electos. 

Hoy esto se traduce en mayor poder político local e individual.

En adelante, Theresa May articulará, trabajosamente, las  relaciones, hoy algo lastimadas con Europa, para separar debidamente sus bienes e intereses respectivos.

Angela Merkel y Theresa May nunca dejarán entrever sus intereses subyacentes. Lograrán entenderse bien en lo mucho; negociarán lo más difícil; y habrá temas en los que jamás confluirán.  

Ambas lideresas deben convivir como respetuosas vecinas y auxiliarse como nobles hermanas. Saben lo que les espera y qué riesgos correr. Enfrentarán juntas retos y peligros por el vertiginoso desorden global.  

Un rótulo en inglés en un vacío aposento europeo dirá: “Los anglosajones no vencieron, pero se marcharon decorosamente”.

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