Jorge Eduardo Arellano
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No constituye un elogio gratuito, sino un merecido reconocimiento, registrar un hecho que está a la vista de casi todos los nicaragüenses: la capacidad de organización política y de excelente comunicadora demostrada, desde hace más de una década, por Rosario Murillo Zambrana (Managua, 1951), sobrina nieta del general Augusto César Sandino (1895-1934), alter ego del presidente Daniel Ortega Saavedra y una de las mujeres más laboriosas e inteligentes que he conocido a partir de junio de 1968.

Entonces ella (recién venida de Suiza, tenía 17 años y dominaba el inglés y el francés) comenzó a desempeñarse como secretaria ejecutiva de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (1924-1978) y de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002). El primero a la cabeza de la oposición formal al somozato y el segundo promoviendo la cultura —a través de la “universidad de bolsillo” que era La Prensa Literaria— y reflexionando en sus escritos a máquina sobre la realidad nicaragüense, latinoamericana y planetaria.

De esta significativa experiencia de nueve años como brazo derecho de ambas personalidades surgiría en Rosario, sin duda, su consciente vinculación a la lucha antisomociana del FSLN: protegía tanto a don Daniel Ortega Cerda, a quien conocí visitándola con frecuencia en su oficina de La Prensa, como a doña Lydia; y su vivienda servía de casa de seguridad de la clandestina organización política-militar, como lo reconoció Daniel en su discurso del recién pasado 19 de julio. Asimismo, su permanente diálogo con artistas, poetas y escritores propició la irrupción de su voz poética; de manera que, al inicio de los años setenta, se integraría —con su acento personal y contenido directo— a la primera fila de las mujeres poetas del país.

En la sexta edición de mi obra histórica-crítica Literatura nicaragüense (1997), referí que Rosario se había revelado —tras la muerte de un hijo en el terremoto del 72—, tempestuosa e indeteniblemente al amor y a la lucha revolucionaria, a retratar y reivindicar personajes populares y situaciones sociales. Así lo desplegaba recurriendo a un tono coloquial en los poemarios Gualtayán (1975), Sube a nacer conmigo (1977) y Un deber de cantar (1981), en su antología Amar es combatir (1982) y en su cuarto y quinto poemarios: En las espléndidas ciudades (1985) y Las esperanzas misteriosas (1990). Posteriormente, daría a luz Ángel in the Deluge (1992). 

De veintitrés años, Rosario se había labrado el respeto a su criterio de Pablo Antonio Cuadra.

Cursaba mis estudios de doctorado en Madrid cuando PAC, en mayo de 1974 visitó España y sus amigos y discípulos, entre ellos Luis Rocha, le dedicaron toda una edición de La Prensa Literaria que semanalmente llegaba a mis manos. Pues bien, el mayor interés que tuvo el maestro por leer fue el artículo de Rosario. También ella ya había fundado el Grupo Gradas, que recorría las ciudades de Nicaragua para instalarse en los atrios de los templos católicos difundiendo canciones, leyendo poemas y pintando “murales efímeros”. Integrado, entre otros artistas y poetas, por Carlos Mejía Godoy, Genaro Lugo y David McField, Gradas renovó el planteamiento de la acción cultural desde el cambio social y político. “El hombre no solo vive de pan, pero sin pan no puede vivir ni buscar valores de ninguna clase” —sostuvo el grupo en uno de sus manifiestos el 6 de julio de 1974. También en su discurso del 37 aniversario, Daniel recordó que Rosario fue encarcelada en Estelí con otros miembros del grupo Gradas a finales del mismo año.

Tras el triunfo insurreccional, ella obtuvo en 1980 el premio de poesía joven Leonel Rugama y al año siguiente comenzó a coordinar el Consejo de Dirección de Ventana, suplemento cultural del diario Barricada. Desde 1982 fue secretaria general de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC), y entre 1988 y 1990, directora del Instituto de Cultura. Toda una intensa promoción de artistas y escritores que todavía se recuerda con nostalgia. Igualmente, sin su apoyo no se hubieran celebrado dos grandes eventos académicos sobre Darío: en octubre de 1988 (centenario de Azul…) y en diciembre de 2015 (centenario de su muerte).

Por lo demás, no puedo eludir sus méritos políticos y el principal de ellos: la entrega total a la causa de Daniel, el líder de mayor protagonismo y persistencia de Centroamérica entre finales del siglo XX y principios del XXI; entrega que el actual mandatario destacó en su citado discurso del 19 de julio.

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