Lesli Nicaragua
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Después de conocer los detalles del asesinato atroz de un religioso francés en plena homilía, en una iglesia de Normandía, Francia, hace unos días, resulta imposible quedarse sin hacer nada, al menos, mostrar nuestra desaprobación contra tan deleznable hecho. Porque tal acción sin nombre adquiere ribetes de exacerbada ira cultural cuando observamos el simbolismo que carga.

Y aquí no importa si era católico, anglicano o bautista el hombre que oficiaba el servicio espiritual más respetado de la cultura occidental cristiana, llámese culto, misa, vigilia, etc. Lo que resalta es que se ha dado una estocada no en la carne, sino en el nervio espiritual. Ha sido profanado ese plano congregacional sobrenatural de intimidad con Dios, de reunión de creyentes en ese sitio que incluso, en las mayores guerras es considerado como inatacable: una iglesia. Neutral, si se quiere, después de los hospitales y escuelas.

Pero el hecho incurre en esa provocación. La de sembrar la semilla de la guerra de las religiones.

La que, todos los cristianos o no cristianos, debemos evitar sobre cualquier sacrificio. Porque este tipo de conflictos son los peores y más abominables. La historia más reciente nos abofetea con la sangre desde Bosnia y Ruanda. Aquellas imágenes aún nos recuerdan lo extremadamente vil que podemos ser los hombres cuando creemos defender una idea, una religión, una nación.

Mi amigo escritor Francisco Javier Sancho Más redactó hace años un artículo para El Nuevo Diario titulado: “El día que Dios no existió”. Aparte del título un poco blasfemo, el texto era una honda elegía más que humana, un estupor entendible, cuando Sancho entró a una iglesia cristiana donde fueron asesinados a machetazos, para no gastar balas, centenares de ruandeses. En él se multiplicó aquella frase de John Donne: “Los hombres no somos islas, estamos unidos por naturaleza, por eso la muerte de uno me disminuye, así que cuando oigás doblar las campanas, nunca preguntés por quién lo hacen, doblan por vos”. 

Fue lo mismo que sentí cuando leí el cable en que se detallaba la muerte del religioso a manos de dos hombres que se identificaron como pertenecientes al Daesh (EI). Algo que aún no logro que calce en mi cabeza luego de haber leído el Corán y conocido un poco sobre el islam de boca del máximo representante de esa religión en Nicaragua.

Ocurrió en 2009 y fue una entrevista también para END, que comenzaba así: “Después de dos citas canceladas y  de esperar un mes, el Sheij Mohamed, el máximo representante del islamismo en Nicaragua, accede conversar sobre esta religión. El encuentro se realiza en la mezquita ubicada al suroeste de la capital a las once de la mañana. Afuera del edificio el sol duro cae perpendicular y abrasa y hace chirriar las hojas en los árboles. Adentro, pasando la sala de oración, hacia la derecha, en una pequeña oficina de paredes blancas hay dos sillas y un escritorio, detrás del cual se encuentra sentado un hombrecillo fornido de ojos celestes y bigotes canos, se llama  Fahmi Hassan, Presidente de la Asociación Cultural Nicaragüense Islámica, aunque hoy ejercerá de traductor del Sheij, quien se encuentra sentado en otra de las sillas. Es alto y corpulento, de grandes ojos café y de piel clara. Mucho antes de preguntarle algo, él comienza con unas palabras generales acerca de la creación del mundo que recrean la visión islámica, que concuerda con la del cristianismo”.

Después del encuentro, el Sheij me obsequió un Corán, que leí con atención, y me pareció que describe una visión muy similar a la cristiana. Por eso sigo sin entender este absurdo panorama, esta surreal historia actual. Degüellos en vivo, atentados en masa, miedo global. Solo es comprensible cuando se quiere hacer la guerra por el poder, poniendo como excusa la fe.

 

*Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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