Orlando López-Selva
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El octogenario sacerdote Jacques Hamel celebraba una misa católica, en la iglesia de Saint Etiénne-du-Rouvray, cerca de Ruán (ahí también murió la heroína de Francia, Juana de Arco, en 1431). Había pocos asistentes en la celebración —nada raro en un país que tiene al mayor número de ateos de Europa. 

Entraron dos terroristas que obligaron al cura —narigudo,  calvo, de gastados y hundidos ojos grises— a detener el acto litúrgico. Hicieron arrodillarse al veterano soldado de Cristo. Lo degollaron. Luego lanzaron unos gritos en el lugar del crimen. Unas endebles monjas y los pocos feligreses en la solemne celebración religiosa, lograron huir despavoridos. 

¡Espeluznante y atroz escena!

Asesinaron a un anciano, a un predicador de la paz. Y cualquier lugar donde se alabe a Dios, merece ser respetado.

¿Hay límites éticos a la guerra de los intolerantes enfrentados a toda la humanidad?

¿Qué estamos contemplando hoy? ¿Hasta dónde vamos a llegar si es que todo lo que está ocurriendo en Francia y Alemania solo  puede adjetivarse como barbarie?

El ataque a la iglesia Ruán es una advertencia peligrosa de que el terrorismo ya se convirtió en un conflicto que va más allá de toda razón e imaginación. Ahora cualquier lugar, público o privado, es un objetivo militar probable.

Así, no es mera exageración afirmar que ya está desarrollándose otra guerra mundial.   

En Occidente, nunca he oído a un pastor o sacerdote decirles a sus fieles que vayan a cortar las cabezas de feligreses de otra religión (¡o infieles!) para que así logren la vida eterna.  

He escuchado a tantos y tantos imanes musulmanes decir que los que ahora aterrorizan al mundo entero, no siguen al pie de la letra lo que afirma el libro sagrado del Islam. Además, estadísticamente la mayoría de los muertos causados por este mal contemporáneo, se dan en países orientales y musulmanes. Se repiten una y otra vez los actos de barbarie en Kabul, Islamabad, Ankara, El Cairo, Dacca, la Meca, etc.

¿Cómo seríamos si no supiéramos que somos hijos de un mismo Dios?

En el plano más político, hasta los países llamados neutrales, como Rusia, Jordania o Japón, no escapan a las masacres. 

Por ahora Francia está en la mira (¡Y pensar que ellos se jactan de que su amplia y liberal tolerancia y libertades son muestra de la grandeza francesa!). 

Los últimos eventos de París y Niza solo reafirman que los franceses, dirigidos por el gobierno izquierdista de François Hollande, enfrentan una situación terrible y angustiosa. Ello dará lugar a que las fuerzas de derecha tomen el poder con mucho ímpetu y empiecen a fortalecerse las oleadas nacionalistas a ultranza, adopten posturas suspicaces, defiendan celosamente los valores cristianos, e implanten políticas de seguridad inflexibles. 

Los países occidentales, si caen en manos de ultraconservadores, habrán de actuar según estas dramáticas circunstancias. Sin duda, ello afilaría más las aristas para impulsar una guerra total contra millones de soldados dispersos, que dicen defender una causa injustificada. 

Toda amenaza a la seguridad nacional de cualquier país, catapulta los gastos en armamentos, legislaciones más restrictivas y limita derechos de los ciudadanos, bajo el amparo de la discreción policial y menos bajo la jurisdicción de la ley. 

Ya Francia extendió su estado de emergencia a 6 meses. Eso lo convierte en un Estado policial; así, cualquier sospecha pondrá a los ciudadanos comunes en una situación de desprotección.

¿El Estado intimidado y aterrorizado por los criminales?

Si el terrorismo, que opera de manera independiente y en sigilo, sigue avanzando, pronto, los criminales andarán afuera y los ciudadanos indefensos deberán vivir recluidos dentro de sus casas. 

¿La humanidad vivirá encarcelada porque los aparatos auxiliares de la justicia no podrán salir a las calles? 

Si la muerte del padre Hamel, no mueve las conciencias de los que hoy creen que todo esto es pasajero o que los que tienen la culpa son los que les dan albergue a los terroristas, el mundo vivirá más cerca del caos y el pavor, que del orden. La guerra será como una pesadilla colectiva, al estilo de las tramas surrealistas escritas por el lusitano José Saramago.

Por ahora, solo podemos estar seguros, que aún en las casas de oración o los templos, de las denominaciones que fueren, ya estarán etiquetadas como objetivos militares.

¿Cuánto más debemos esperar para darnos cuenta que en el mundo en que vivimos, la vida se está tornando corta, brutal y salvaje?

¿Se está volviendo irrefutable el aforismo de Thomas Hobbes?

Prevalecerá la sabiduría.

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