Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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El Grupo Editorial Norma emprendió no hace mucho la publicación de una serie de novelas negras escritas por autores iberoamericanos contemporáneos. Una colección cuya particularidad especial es la exigencia de la editorial a sus autores de utilizar como protagonistas a importantes o renombrados escritores, lo cual incrementa el atractivo de sus textos y los hace doblemente interesantes. 

Entre algunas novelas publicadas están Adiós, Hemingway, de Leonardo Padura; Camus, la conexión africana, de Moreno Durán; El enfermo Moliére, de Rubem Fonseca; Stevenson bajo las palmeras, de Alberto Manguel; Cinco tardes con Simenon, de Julio Paredes; y Alejandro Dumas, de José Saramago. 

Una de las más interesantes es la de Germán Espinosa: Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (2003), que utiliza la figura del escritor nicaragüense como protagonista de una trama llena de erudición histórico-literaria, religión, misterio, crimen, parasicología y ocultismo.

El quijotesco pórtico de la novela es una carta fechada en Buenos Aires en noviembre de 1960, dirigida a M.M.L. y firmada por Ricardo Quintana (Ricardo Rojas), quien acompaña a Darío en una rara aventura en el verano de 1910, antes de su viaje a México y La Habana, donde permanecería hasta noviembre de ese año.

La carta anuncia la subsiguiente revelación de los misteriosos hechos que viviría Darío ese verano en Bretaña, costa francesa, invitado junto a un grupo de artistas y sabios a la quinta “El jardín de las almas”, propiedad de su amigo el conde André de Pont-l’Abbé (Austin de Croce), y que constituyen el posterior desarrollo de la novela.

Entre efluvios alcohólicos, conversaciones eruditas, aventuras sexuales furtivas e inspiraciones poéticas, Darío se ve involucrado en una extraña experiencia sobrenatural que se origina durante varias sesiones espiritistas a las que su aristócrata anfitrión era fervoroso aficionado, y en las que el grupo convocado establece contacto con el espíritu de Novalis, quien les advierte del advenimiento de la Primera Gran Guerra; y de Víctor Hugo, quien vaticina el crimen que en esa misma casa estaba por acontecer. 

En pleno lecho de amor el poeta se convierte en espantado testigo de la muerte por envenenamiento de su amante, la poetisa Marilou de Lézignan, cuyo asesinato desata una serie de pesquisas policiales, elucubraciones históricas y religiosas, acusaciones y sospechas al modo de Chesterton, Connan Doyle o Agatha Christie, que culminan con el arresto del conde. 

La novela cumple con los requisitos que el lector más exigente del género negro esperaría encontrar, y posee la virtud de ir más allá: además de la inducción y el suspenso (elementos fundamentales del género) esta novela contiene el clima propicio de las mejores narraciones policiales que nos hacen sentir esa vagamente agradable sensación de cansancio a través de su lectura.

Su factura propone una manera distinta de enfrentar la narrativa de misterio: la utilización de recursos, ambientes o psicologías que, además de contextualizar la resolución de un crimen, contribuyen a un afán de representar al hombre y la sociedad para reflejar su interacción; se sirve de los recursos policiales para tratar de trascender la realidad y perpetuarla. 

Debido a las características de sus protagonistas, esta novela también pertenece al género histórico, aunque no en el sentido tradicional. El autor procede a la “privatización” de un período oscuro en la vida de un personaje histórico real como Rubén Darío, destacando la imposibilidad histórica de conocer objetivamente la “verdad” de su ámbito personal; resaltando el carácter imprevisible de su vida privada, en la cual los sucesos más inesperados y asombrosos pudieron haber ocurrido. 

Esto nos lleva al lecho de amor donde el poeta sufre la traumática testificación del crimen. Luego de recuperarse, y movido por esa vocación fatal e intensa que presuntamente caracteriza a los grandes artistas, Darío resuelve el enigma a punta de erudición y de una extraordinaria familiaridad con los misterios del “más allá”. 

Aunque el conde fue acusado de envenenar a la poetisa, que en otra vida fue una sacerdotisa consagrada al dios egipcio Amón; Darío descubre que en realidad fue víctima de “la venganza kármica de un amante despechado en otra vida”; otro sacerdote egipcio encarnado en uno de los personajes más sombríos invitado ese verano a “El jardín de las almas”. 

Es una novela interesante y divertida que nos remite a los grandes recreadores de biografías cuyo arte consiste en la minuciosa selección de hechos históricos, y que según Marcel Schwob no deben preocuparse por ser verdaderos, sino de crear, dentro de un caos de información, ciertos rasgos humanos.

Por supuesto que siempre animados por aquel principio de la biografía que obliga a relatar con la misma seriedad las existencias únicas de los seres humanos; aunque hayan sido divinos, mediocres o criminales.

* Escritor y periodista.

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