Jorge Eduardo Arellano
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El próximo 9 de septiembre cumpliré 44 años de vida con la matagalpina Consuelo Pérez Díaz. Graduada en Física y Matemática, aparte de controlar mi locura literaria, ella me dio cuatro capitalizaciones genéticas: una abogada (Emperatriz), una administradora de empresas (Consuelo), una dentista (Verónica) y un ingeniero industrial (Héctor), los dos últimos gemelos, como yo con mi hermana Nelly. Tengo, asimismo, 52 años de haber definido y practicado mi vocación por la escritura. Mejor dicho: desde 1963, antes de bachillerarme, inicié una carrera que, si bien no me ha producido apreciables bienes materiales, ha calmado y colmado mi espíritu. En ese sentido, nunca me faltó el alimento cotidiano: la lectura, los libros, la pasión por la historia, el amor a Nicaragua, la constante persecución de Nuestra Señora la Belleza.

Además, recibí dos dones inapreciables: el de la Amistad fecunda y el del Aprendizaje permanente. He proclamado la primera en un poema traducido a varios idiomas, y el segundo me he favorecido en grado sumo a través de señeros maestros. En su momento dejé reconocido y pagado, hasta cierto punto, el tributo que merecían. El principal, a quien identifico como patriante (Pablo Antonio Cuadra), reconoció mi labor sobre su obra en este párrafo, leído el 4 de noviembre de 1999 en el TNRD: “Cierro la lista con el pico más alto: Jorge Eduardo Arellano, el autor de su edad con más rica bibliografía en América. Arellano sabe de mi obra más que yo. Obra enorme la él, pero en su cantidad no pierde nunca su calidad”. 

La ocupación laboral decorosa nunca me ha faltado. En cátedras, bibliotecas públicas y asesorías intelectuales he volcado mis energías, ganándome la vida. Por dos años, sin que yo lo solicitara, Emilio Álvarez Montalván me nombró jefe de una misión diplomática de mi país en Chile. Como era de esperarse, allí seguí las huellas del mayor de mis dioses titulares —Rubén Darío— y establecí gratas vinculaciones.

También muy gratas y gratificantes han sido mis incontables experiencias letradas. Revistas y lecturas, charlas y conferencias, antologías y catálogos, direcciones de monografías y ediciones de otros autores, biografías y prólogos, reseñas y bibliografías, ensayos e investigaciones, panoramas históricos y análisis críticos, poemas y prosemas, narraciones y novelas cortas, artículos de opinión y reportajes especiales, repertorios y diccionarios, simposios y congresos, presentaciones y discursos de ghost writer, han sido los productos de esas intensas horas de estudio.

He sido beneficiado por becas oportunas y prestigiosas. Han reconocido mis lúcidos desvelos, en más de un centenar de recepciones críticas, tanto en Nicaragua como en el extranjero. He obtenido once premios, cinco de ellos internacionales. Soy hijo predilecto de Granada y de León. Me han concedido dos doctorados honoris causa y cinco órdenes culturales. Mi primer libro —una historia literaria— fue publicado a mis 20 años. Hoy acabo de cumplir 70 y el número de mis obras editadas se registra con tres dígitos.

En cuanto a los viajes para despejar y enriquecer la mente, no puedo quejarme. Toda Centroamérica y Panamá, México y Estados Unidos, seis países de Sudamérica, Puerto Rico, Cuba, Japón, Suecia, Alemania, la ex URSS, Francia y mi formadora y deslumbrante España han sido mis destinos. Unas 30 veces he cruzado el Atlántico.

No puedo omitir en este recuento que procedo de una familia excepcional. Mis progenitores procrearon una docena y media de hijos. Cuatro —todas mujeres solteras— fallecieron en el terremoto del 72 con mi abnegada madre excelsa. A todos ellos —y a nuestros antecesores— les dediqué las páginas más entrañables que he redactado.

Desde luego, he padecido crisis de diversas índoles y sufrido decepciones, conflictos y otras desavenencias; pero la tiranía del rostro humano hasta ahora no me somete, ni las enfermedades han logrado doblegarme. Un médico de auténtica fibra científica y naturaleza humanista (Eddy Zepeda Cruz) cuida empeñosamente mi salud. Y todavía creo tener el mal gusto, para muchos, de confiar en la fuerza suprema que rige nuestra existencia.

Por todo lo señalado, yo también puedo exclamar, como Violeta Parra: “gracias a la vida, que me ha dado tanto”. Al mismo tiempo, comparto estas líneas de Graciela Maturo: “Aunque los signos del mundo no luzcan esplendentes, lo que nos queda es llenar esta realidad de amor, recibido como un don, al estudio y a la creatividad para que siga dándonos más vida plena y podamos derramarlo a nuestro alrededor, como lo hicieron nuestros maestros”.

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