Lesli Nicaragua
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El rostro de M. se detuvo en el silencio que cayó después de la frase: “No quieren leer. Creen que dos técnicas son suficientes…”. Esto fue lo que contesté después que M. me preguntara cómo me iba con los chavalos de periodismo a quienes imparto literatura. En realidad, esa inquisición es parte de nuestra conversación cada vez que nos encontramos. Nos sentamos y entonces la plática fluye. M. saca algo de su bolso esta vez y me lo pasa. Es un libro de tapa blanca, donde se lee: ¿Periodismo? Vale la pena vivir para este oficio, de Juan Cruz.

“Son entrevistas a los mejores periodistas del planeta”. ¿Qué te pareció a vos?, le pregunto. “Examinan el periodismo actual. Ven negro todo lo que viene”, dice, y se queda callado. Conocí a M. en la universidad. Usaba anteojos gruesos que apenas dejaban ver sus ojillos al otro lado del tráfago del vidrio y le gustaba tanto la lectura, que leía más de lo que podía mirar. Si nos preguntaban por nuestros deseos, la respuesta era simple: Él siempre quiso escribir para prensa; yo solo escribir bien. Con el tiempo encontramos trabajo en periódicos distintos. Y las distancias se hicieron mayores. Luego hicimos familia y nuestros encuentros se volvieron más escasos. M. siguió escribiendo más y mejor. Las veces que lo visité en su trabajo, sus dedos habían deformado las teclas de su computadora por el golpe despiadado de sus ideas. 

En esa época, yo había desertado del periódico y me metí de lleno a impartir clases de literatura y periodismo en varias universidades y a escribir artículos para una revista española, pero, aunque mal pagado, preservaba el derecho de mi tiempo. M. me admiraba un poco por la decisión, pero siempre recriminaba mi acritud frente al periodismo nacional. 

—Es periodismo de pedrada, M. “tenés razón, pero tal vez no es porque no quieran, sino porque no pueden… o porque no saben, pero hacen su esfuerzo”, replicaba M. con  molestia.

Años después, ganó un premio internacional de periodismo. Lo felicité mucho. Sabía que se lo merecía. Para entonces ya no recriminaba mis aseveraciones, y cuando platicábamos, me preguntaba cómo apreciaba a mis estudiantes. Le respondía con la veracidad de los números y después, con mis apreciaciones casi inequívocas. Yo le decía nombres de exalumnos que estaban comenzando en los periódicos y le pedía que los leyera. Acertábamos en nuestras apuestas sobre quiénes sobrevivirían y quiénes se estrellarían en la realidad de sus limitaciones.

Aunque esta vez que lo miré, me pareció cansado, escudándose en su amabilidad. Me miró a los ojos e hizo la pregunta de agenda. “¿Y cómo van tus chavalos de literatura?, me inquirió. No quieren leer. Creen que dos técnicas son suficientes para el oficio, le respondí. M. cambió su expresividad natural: “Tengo un par de pasantes ahorita. Ni siquiera pueden escribir una nota y me propusieron escribir un reportaje. Les dije que eso es algo serio, que no solo es técnica”. ¿Al fin te diste cuenta?, le dije, un poco perturbado, pues nunca antes me había contestado nada después de su pregunta.

Seguimos hablando, esta vez sobre política, con la sutileza de la amistad, porque M. y yo tenemos posturas disímiles. Luego comentó un par de artículos que publiqué recientemente y me echó en cara una metáfora poco elaborada. Y terminamos hablando sobre libros. Me acordé que había prometido llevarle mi novela favorita. 

—Aquí te traje 'País de nieve', de Kawabata. Ponele atención al ritmo, a lo lacónico de las frases, le dije. Me pareció que no estaba cómodo esta vez. Cuando nos íbamos, me confió que le preocupaban sus pasantes, y agarrándome del brazo derecho me preguntó: “¿Creés que los chavalos tengan conciencia de para qué sirve la literatura en este oficio?”. Esta vez yo me quedé inmóvil. El incómodo silencio que siguió nos hizo reaccionar. “Tenés razón”, dijo. Me quedé un rato más, meditando. Y sonreí porque ya sabía la respuesta.

Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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