Orlando López-Selva
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Yusra Mardini mide 1.68 mts. Es la única nadadora siria de 18 años que está compitiendo en los juegos olímpicos de Río, como parte de una delegación de refugiados.

Ella y su hermana Sara habían huido de Siria hacia Turquía. Un día decidieron tomar un bote inflable, junto con otras 19 personas para tratar de alcanzar las costas griegas. En cierta parte del trayecto, el bote comenzó a desinflarse. Todos entraron en pánico. Solo las hermanas Mardini sabían nadar.

Entonces las hermanas decidieron lanzarse a las aguas frías y agitadas del mar Egeo para tirar del bote.

Lograron llegar de noche a las costas griegas. Todos se salvaron.

25 días después, Yusra se asentó en Alemania donde ha estado entrenando para competir en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, luego de saber que el Comité Olímpico Internacional les daría la posibilidad a 10 atletas refugiados del mundo, que quisieran participar en esa contienda global.

Yusra ya está en Río.

¿Acaso no es esta una historia preolímpica noble y hermosa?

El horrendo drama sirio que ya tiene cinco años de estar causando tanto daño y dolor a toda la humanidad, también tiene sus buenos sabores.

Yusra no es solo una gran deportista, es una heroína. Es un ejemplo vivo de la gran capacidad humana para vencer barreras, para superar obstáculos y dar lo mejor.

¿Cuántas historias así hay entre todos los perseguidos políticos víctimas de las tiranías crueles, erigidas por los que se quieren perpetuar en el poder?

Siria ya ha sobrepasado todos los límites del horror, el drama, lo impensable. Es una guerra civil que ha generado mil batallas de todo tipo: diplomáticas, financieras, humanitarias, políticas, legales, etc.

¿Es tal vez el epítome del drama insoluble o del conflicto moderno más devastador?

Es la nueva Guernica multiplicada por 100 donde las potencias se aprovechan del conflicto armado en el patio ajeno para destruir a sus propios enemigos personales. Los turcos intervienen para perpetrar nuevos genocidios contra los kurdos; los norteamericanos para bombardear a los terroristas de ISIS; los rusos, haciéndole el favor al dictador Bashir Al-Assad, para aniquilar a la oposición siria que desde hace años ha estado queriendo derribar al brutal régimen.

¿Esto puede llamarse oportunismo bélico o perversión sin límites?

Nada parece hasta hoy, detener el horror ahí. Ni los corredores de paz, ni las incursiones de la Media Luna Roja para ayudar a los civiles, ni las treguas tantas veces firmadas y comprometidas por todos los involucrados… y que al final nadie honra, porque en Siria se llegó a la decadencia total de los valores.

¿Ha muerto el ideal de justicia en Siria? ¿Yace amordazado y maniatado? ¿O ha huido también en un precario bote como otros miles de refugiados?

Y aunque Siria sea una vergüenza sangrante para toda la humanidad, el ejemplo de Yusra (¡y también de su hermana Sara!), es muestra de que todavía, en medio del lacerante drama, caben la entrega y la bondad muy humanas.

Es muy probable que Yusra Mardini no gane ninguna medalla, ni nunca llegue a tener en su pecho todas las preseas de Michael Phelps — ¡el más grande nadador y olimpista de todos los tiempos! Pero sí será cierto que Yusra tendrá el mayor reconocimiento que la humanidad pueda otorgarle a quien ha sabido sufrir, superar y ennoblecer.

Todo acto de heroísmo casi siempre se da en circunstancias inesperadas. Pero los héroes o heroínas no surgen por casualidad.  

Las conciencias de los hombres y mujeres que luchan por todo el planeta, por valores e ideales superiores, confirman que una gran parte de la humanidad sabe muy bien cuál es el camino correcto.

Si la guerra es la exaltación y potenciación de todas las miserias, el deporte —como modelo de competición sano— nos puede desvelar un rostro hermoso, de las muchas veces inexpresiva, condición compasiva que vence todas las barreras sin esperar recompensas. Es la otra dimensión de las cualidades superiores de nuestra especie.

Recuerdo hace muchos años un caso igualmente impactante. En una competencia, un velocista este-africano, que marchaba a la cabeza de la carrera, cuando estaba a pocos metros de la meta, vio caer a otro corredor, y se detuvo al verlo trastabillar para auxiliarlo. Los demás corredores le superaron. No ganó presea. Su instinto le llevó a la bondad y no a la gloria.

Así, si Yusra ganara alguna medalla, ¡enhorabuena! Pero ninguna medalla olímpica será lo suficientemente magna o brillante para iluminar la grandeza de esta pequeña nadadora.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus