Jorge Isaac Bautista Lara
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¿En qué etapa de la vida dejan de ser necesarias las manos de nuestros padres? ¿En qué momento de este caminar, nos deben soltar y dejar de enlazar nuestros brazos? Cuando con el avance de los años vamos descubriendo y descifrando que por esa mano logramos llegar a adultos. Un eslabón de agarre a la vida, un sentido de amor al hijo, es la garantía de adultez. No tengo respuesta. Mis padres aún me hacen falta, a pesar de los años y aun con los años. Y sin embargo he dejado de ser el niño. Sus mismas presencias son bálsamo que ayuda en la cura de heridas en la vida; un brazo físico y extensivo a lo espiritual, de formación como ser humano. Lo que en el corazón completan en el lleno humano; sin importar la edad, sexo y menos los grados académicos.

Que inicia en temprana edad, cuando nos sostienen primorosamente esas benditas manos en el proceso de aprendizaje. Mientras asimilamos las experiencias que nos dan la aventura de los pasos; mientras sistema óseo y circulatorio se solidifican y fluyen en propuestas del desarrollo de nuestras vidas. La imprudencia de un adulto en la calle, puede llevar al encuentro temprano con la muerte a un menor: al grito de un dolor irreparable. Cuando un niño nos acompaña en la calle, nos acompaña en lo que hacemos. Y la calle no es ese lugar para jugar; parque, plaza u otro similar. Por eso papá, mamá o la persona mayor, debe agarrar de la mano o brazo; tener garantía de control en un cruce de calle. Es principio básico, que un niño solo debe cruzar la calle con ayuda de adulto. Y si es pequeño, en brazos del adulto.

Teniendo la precaución que todo objeto que se transporte sea asegurado, evitar su caída, y en caso de pasar, tener cuidado al recogerlo o dejarlo, si el tiempo ya no se tiene; siendo el caso el privilegio en resguardar y salvar la vida de nuestros niños. Esto es: el no cometer la imprudencia de detenerse a recogerlo. Un error puede ser fatal para un niño y el mismo adulto. El complemento de esto es el educar y mostrar a los niños el cómo “saber andar en las aceras”; que es el lugar construido para peatones. Y en ese tránsito, nunca darle al menor el lado de la calle; ese es el lugar donde transitan vehículos. Los niños deben tener eso siempre claro. Los adultos hemos de asumir ese lado y riesgo. Un niño es poco visible, y nosotros por el tamaño tenemos mayor posibilidad en ser reconocido o notado.

El lado de la calle es nuestro lugar. Estas medidas y otras, son el pretendido de disminuir riesgos; como una garantía para acompañar y llevar a nuestros hijos a la edad adulta. No se debe perder de vista que en un infante, cuando no le acompaña un adulto, corre el riesgo del arrebato sin control que lo impulsa a cruzar una calle de manera inoportuna (más cuando juega). El recordatorio eterno a conductores, que cuando veamos rodar una pelota en la carretera, es seguro que tras ella corre un menor. La educación vial, por tanto, es vital en la escuela, incluso en casa. Recordando y explicando siempre, que el hecho de ver desde la acera al conductor, no otorga garantía que el conductor lo haya notado en la carretera. Nunca debe permitirse que los niños corran en una calle. Y nunca cruzar, hasta no tener certeza de la no existencia de peligro de vehículo: es ver a izquierda y derecha, repetir de izquierda a derecha, para constatar sin dejar de estar pendiente mientras se cruza.

Esto es prevenir. ¿Eso lo tenemos claro? Seguro. Pero cuántos de nosotros tenemos claro que esto no termina ahí, cuando el hijo crece. Luego hemos de hacerlo de distinta manera. Es inmensa la cantidad de jóvenes que como padres hemos dejado de agarrar sus brazos mientras pasan su juventud en secundaria y universidad. La necesidad no es menor; el llanto y golpes por atropellamientos en la vida es más frecuente. Pero en ella no existe siempre daño físico visible, pero sí daños internos a veces irreparables. En una canción de Mercedes Sosa titulada “Hay un niño en la calle”, dice en una de sus estrofas: “A esta hora exactamente hay un niño en la calle…”, y en otra estrofa: “es honra de los hombres proteger lo que crece… nadie protege esa vida que crece…”. Hemos estado soltando del brazo a nuestros hijos. ¡Qué irresponsabilidad! Lo que hoy está pasando es en parte nuestra culpa.

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