Jorge Eduardo Arellano
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Tardía, pero auténtica y consistente, la vocación novelística de Francisco J. Mayorga (León, 1949) constituye uno de los fenómenos más notables de la creación literaria de Nicaragua durante los primeros tres lustros del siglo XXI. Surgida en la prisión de Tipitapa, adonde fue conducido por nuestra política artera, se ha concretado hasta hoy en cuatro obras significativas. Las tres primeras tuvieron en mí un crítico  receptivo y consciente de sus logros. A saber: La puerta de los mares (2002), El hijo de la estrella (2003) y El Filatelista (2014). 

Mamotétrica por su extensión, pero legible por su amenidad cohesionadora, La puerta de los mares centra su trama en ese residuo de la fantasía de nuestra nación incompleta que es el mito del canal, enlazando la figura paradigmática de Rubén Darío con la del autócrata militarista José Santos Zelaya. De hecho, conforma un ejemplo de la Nueva Novela Histórica latinoamericana que ha estudiado el crítico estadounidense Seymour Menton en su clásico libro sobre el tema (1993). Allí especifica sus ocho elementos: unidad orgánica, tema trascendente, argumento o fábula interesante, caracterización bien hecha, constancia de tono, estructuras y técnicas estilísticas apropiadas para el tema, lenguaje creativo y originalidad.

Estos elementos se plasman en La puerta de los mares que no desmerece ante dos novelas coetáneas: Yo, Rubén Darío / Memorias póstumas de un Rey de la poesía (2003) del escocés Ian Gibson y la esperpéntica Margarita está linda la mar (1998) de Sergio Ramírez. Por algo Ignacio Campos Ruíz, en su tesis doctoral Ficcionalización (auto) biográfica de Rubén Darío en la novela centroamericana: entre la construcción mítica y su deconstrucción, le consagró un análisis prolijo. En La puerta de los mares ––anota–– “Darío funge de modelo del intelectual ante los problemas de la nación y  la necesidad de esta de articular lo identitario. En este caso, se trata de una versión del Darío remozado y disciplinado”. 

En El hijo de la estrella Francisco J. Mayorga aporta otra nueva novela histórica concentrada en la saga del mestizo  Juan de Santiago Padilla y Tenamitl. Circunscrita a la primera mitad del siglo XVI, tanto en España como en la provincia ultramarina de Nicaragua, refiere la trascendencia de su conflicto: una prospección en el mestizaje como factor constitutivo de la identidad nicaragüense. Desde la perspectiva generacional, esta tarea le correspondió ejecutar ––dado el contenido de la ideología mestizófila que desplegaban–– a José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra o Joaquín Pasos. Pero fue Mayorga quien la llevó a cabo con la re-escritura, el retrato suigéneris de personajes históricos y los recursos técnicos de la intertextualidad y la metaficción. El hijo de la estrella, en fin, es una novela-planeta, no satélite y proyecta su ámbito identitario a nivel de la América ladina (no latina), continuando renovadoramente al inca Garcilaso de la Vega (1540-1660), primer escritor mestizo de la literatura hispanoamericana. 

El Filatelista, por su parte, consiste en una ficcionalización ucrónica del Gran Canal, tema de actualidad, polémico y bastante debatido. Pero el autor ya no lo asedia con desmedida imaginación y trasfondo mítico, como lo hizo en La puerta de los mares; es decir, inventando las gestiones diplomáticas de Rubén Darío en París a finales del siglo XIX. Ahora lo acomete como especialista en la viabilidad técnica, económica y financiera del megaproyecto; ahora cree en la posibilidad real de que su construcción finalmente ocurra.

Por eso considero El Filatelista una novela-ensayo, inscrita en la tradición de la narrativa centroamericana iniciada por el guatemalteco Máximo Soto Hall con El Problema (1898). Como en esta obra pionera, la de Francisco J. Mayorga se caracteriza por la ucronía. Los hechos presentes y futuros que registra se manifiestan como una realidad alternativa. Y este es su mayor logro.

Finalmente, con su cuarta novela Cinco estrellas (2016), Francisco J. Mayorga demuestra cada vez más su pericia en el género. Desarrollada en la Managua de 1931, durante los primeros cuatro días del terremoto de ese año, tiene de protagonista al entonces secretario de relaciones exteriores don Anastasio Somoza García, quien aprovecha la catástrofe para imponer su ambición política. 

Como era de esperarse, en Cinco estrellas su autor resuelve el principal problema de todo novelista: el manejo del tiempo; concibe una eficaz estructura, incorpora necesarios personajes populares y mantiene el ritmo narrativo desde el principio hasta el fin. Además, disemina dosis de erotismo maestro. Yo me alegro de su escritura y aparición. 

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