Augusto Zamora R.*
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A esa temperatura arde el papel. Ray Bradbury tituló así su célebre novela de ciencia-ficción, sobre una sociedad que perseguía la cultura. Como la cultura, desde su invención, se conserva en libros, era delito tenerlos. Eran perseguidos y quemados.

Fahrenheit 451 es alegoría del afán de gobiernos y clases dominantes por controlar las mentes de sus ciudadanos. Nada mejor para ello que sumirlos en la ignorancia.

George Orwell, en su 1984, imaginó una sociedad manipulada desde omnipresentes  televisores que vigilaban a cada ciudadano, difundiendo incesantemente eslóganes del gobierno. Al  todopoderoso vigilante Orwell lo denominó Gran Hermano.

Gran Hermano es un programa de factura holandesa, de gran éxito donde se transmite. Un grupo de hombres y mujeres es filmado por omnipresentes cámaras de televisión 24 horas al día, transmitiéndose también 24 horas. El programa glorifica banalidad y estupidez, como banal y estúpida es su audiencia.

En Un Mundo Feliz, Aldous Huxley imaginó una sociedad dividida entre civilizados y salvajes. Los civilizados nacían de máquinas, con su rol asignado desde la cuna. Una droga, el soma, prevenía desvíos emocionales que no fueran felicidad.

Estos tres libros forman la llamada Trilogía Distópica. Mundos futuros imaginados desde el avance de la tecnología y el afán por crear sociedades adocenadas, fútiles.

Pero el infierno para un libro no es la hoguera, sino la indiferencia. Una biblioteca vacía aterra más que una hoguera de clásicos. El Gran Hermano está aquí. Compare horas de lectura y televisión...

az.sinveniracuento@gmail.com

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