Carlos Andrés Pastrán Morales
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Entramos al salón con un concepto ciego de lo que viviremos las próximas semanas, los próximos meses y años. Nos sentamos en cualquier lugar con las esperanzas altas y tantos logros que queremos cumplir. Estamos en blanco, probablemente no conocemos a nadie, por tanto, decimos un ”hola” inocente a esas personas que nos acompañarán en nuestro viaje.

Nos comprometemos a realizar todos nuestros deberes, trabajos, tareas y asistir a clases. Pensamos que la universidad es nuestro gran sitio, rodeados de personas como nosotros, a quienes les gusta lo mismo que a nosotros, que estudiaremos cosas que nos interesan y que será entretenido y amaremos nuestra carrera.

Creemos que no extrañaremos la secundaria y que todo estará bien, una aventura nueva, nuevos amigos, nuevas experiencias, un nuevo mundo por descubrir.

Claramente no tenemos idea al principio a lo que nos estamos metiendo. El gran compromiso moral y numérico que decidirá nuestro futuro. Dudamos gran parte de la carrera a medida que pasan los primeros días. La odias y te vas, o la amas y te quedas. Sufrimos por los horarios, algunos en la tarde y otros en el día.

La vida comienza a cambiar, a ser diferente, y a esos cambios hay que adaptarse porque es otra la rutina.

Ni siquiera nos damos cuenta de lo que estamos estudiando, porque al inicio es todo tan bonito y sencillo que provoca no estar preparados para lo que se avecina. Creemos que el tiempo nos va a ajustar para hacer todo, pero es imposible. Se tienen tantas cosas que hacer, tantos libros por leer, tantas clases por asistir, que uno desea eternamente el fin del semestre o cuatrimestre.

Pensamos que todas las clases que recibiremos serán de nuestro agrado, pues con el tiempo terminamos viendo otras materias que son muy confusas y complicadas, o son demasiado estresantes y aburridas, pero no hay alternativa, hay que asumir el reto, comprometerse y esforzarse.

Las introducciones a ciertas clases que vimos antes en la secundaria, al final resultan inútiles, porque lo que se aprende en el salón de clases, en la universidad no tiene nada que ver con lo que creíamos que habíamos visto años anteriores.

Se sufre, hay estrés debido a la complicación de ciertos temas y asignaturas. Nos desvelamos por trabajos que tal vez no se entregan el día que corresponde o porque necesitamos estudiar bien un tema. Nos ayudamos unos a otros porque ambos estamos en esto. Solo queremos terminar nuestra carrera porque es lo que nos gusta y es lo que queremos ser en un futuro, pero nos da ansiedad, todo lo queremos a prisa y de inmediato.

Tanto, que nos quejamos y apenas empezamos. Los primeros meses dentro de la universidad se cree que son sencillos, pero no siempre es así.

Hay que esforzarse, no solo por las clases, sino también por acostumbrarse a conocer bien a las personas con quien nos vamos a juntar, para establecernos y comprometernos a nuestros logros. Diría que ese es el primer gran aprendizaje, la convivencia.  

No siempre la vida es fácil, de hecho nunca es fácil, siempre se requiere movimiento, dedicación y acción, y esto es lo que más se exige cuando se está en la universidad, porque no hay nadie que nos esté molestando, insistiendo, chinchineando con que salgamos bien y pongamos atención, en este momento solo somos nosotros, las clases y nuestro futuro.

De nosotros depende no solo ser profesionales y seres humanos esforzados, sino también construir un mejor país, un mejor mundo.

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