Orlando López-Selva
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Tayyip Recep Erdogan enfrentó un intento de golpe de Estado, el mes pasado, liderado por sus enemigos acérrimos: militares, opositores políticos y líderes religiosos.

Todo falló. Erdogan prevaleció. Y ahora, el vengativo presidente turco está queriendo librarse de los que le traicionaron; quiere mandarlos al paredón. La ley no se lo permite; pero el parlamento turco quiere darle luz verde.

El problema, al régimen turco, se le presenta difícil desde el exterior. Washington y la Unión Europea (UE) quieren atarle las manos al autoritario Presidente. Turquía está en la OTAN; es un aliado estratégico indispensable para Occidente; y siendo un país anclado entre dos continentes, está deseoso de ser parte de la UE. Pero los europeos le han advertido que si se aprueba la pena de muerte y se les pasa la cuenta a los golpistas, Erdogan se metería en problemas y retardaría mucho más su entrada a esta Unión, que lo ve con recelos y desconfianza. Los europeos lo quieren porque les conviene; pero no toleran sus actitudes dictatoriales; su irrespeto por los derechos humanos y el veleidoso oportunismo para sacarle provecho al conflicto en Siria, es evidente. Les ha estado vendiendo petróleo a ISIS (información suministrada por  Moscú); ha estado atacando las bases de los kurdos, como si fuera una lucha nacionalista; y pone en aprietos a la UE al condicionar su manejo de las compuertas hacia Europa por donde millones de migrantes podrían inundarla.  

Como era de esperarse de un aliado dudoso, Erdogan ha pedido la solidaridad “material” de la UE y Washington, para apoyar todas sus acciones contra los fallidos golpistas.

La respuesta de sus “aliados” ha sido: “No imponga la pena de muerte; es inaceptable”.
Pero Erdogan quiere que sus aliados Occidentales le respalden incondicionalmente en estos tiempos de crisis.

¿Las cosas habrían sido igual si Washington o Bruselas le hubieren pedido solidaridad a Turquía, peligrando los intereses occidentales?

Erdogan habría asentido.

¿Es el Presidente turco un aliado veleidoso, matrero?
Seguramente.

En todo esto, quien le ha sacado mucho provecho a una situación incómoda y de lealtades movedizas, es el presidente  Vladimir Putin. Para Moscú, cualquier vacilante (¡aunque fuere enemigo de Rusia misma!), puede convertírsele en aliado, conociendo sus angustiosas noches; sermoneándole, hechizándole y seduciéndole para arrastrarle a sus rediles kremlinianos. ¡Valga el beneficio táctico!

Moscú, aislada y con pocos amigos exquisitos, vive al acecho, buscando oportunidades para hacer crecer las filas de sus prosélitos, aunque sean aliados circunstanciales. Es un imperativo de sobrevivencia.

Voilá. Esta es la política. Sin ropajes. Sin máscaras, ni medias tintas.

Rusia, el año pasado, se enfureció con Ankara cuando le derribaron un avión militar que “incursionaba” en territorio turco, mientras atacaba posiciones de los rebeldes al régimen sirio.

Moscú impuso sanciones, boicot comercial, restricciones de visa, retiro de embajadores, etc. (¡La reciprocidad diplomática!)

Como Erdogan no se siente correspondido por Occidente, Putin husmea sagazmente y extiende su mano fría.

Lección repetida: Moscú aprovecha lo que Occidente descuida.

Los más prestos en auxiliar en política siempre traen una factura pos-datada consigo.

Moraleja: Hay que saber con quién aliarse para saber qué se les puede dar a cambio, cuando pidan.

En política, nadie está exento de hacer el mal; pero pocos son capaces de hacer el mayor bien posible.

El concepto anglosajón de política es realista: “Es la ciencia que trata sobre la manera en que se distribuye el poder”.

Terrestre.

Aristóteles, Platón (¡y otros!), y sus conceptos idealistas se empotran en las teorías; sirven para memorizarse sin aplicación práctica. Solo eso.

¿Cómo reaccionarán Washington o Bruselas ante esta actitud de Erdogan?

No dirán nada. Buscarán una oportunidad para deshacerse del turco. Aunque, el periodismo independiente filtrará todo para justificar a la democracia liberal.

Erdogan tiene justificaciones (¡comprensibles o reprochables!) para agriar los intereses de Occidente.

El problema es que, en aras de solucionar una crisis y buscarse aliados, se escoge al menos malo, que tiende a salirse de las manos.

Máxima: todo remedio político, usualmente, tiene daños secundarios.

Erdogan no sorprende; solo confirma su naturaleza. Pero, ¿quién es confiable si hay tantos valores relativos e intereses contrapuestos en este juego político?       

Erdogan no ha hecho lo incorrecto; ha hecho lo conveniente.

La política es de incuantificables posibilidades. Raramente, hay soluciones previsibles. Acá caben las cifras que pueden invertirse o transponerse infinitamente. Es una ecuación compleja.  

¿Es prescindible el juego político?

Imposible. Es un reflejo fiel de la inconstante naturaleza humana.

¿Toda historia política tiende a ser un oxímoron: héroes perversos y villanos bondadosos?

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