Félix Navarrete
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El pasado 10 de agosto mi suegra, una anciana de 95 años  llena de una  fortaleza admirable, se quebró la cadera al venir del tendedero, quedando inmovilizada en  la cama de un hospital, mientras espera estar lista para la cirugía que han orientado los médicos o lo que le tiene preparada la misericordia de Dios.

Es obvio que el panorama no es alentador.  Doña Francisca, la única suegra que he tenido por 30 años, es una señora que se está acercando al siglo, y pese a que no padece de ninguna enfermedad crónica, la edad no perdona y la vida tiene su fin.  Sin embargo, consciente de que su caída es grave, se mantiene optimista, y ha comenzado a despedirse de su hija y de sus nietos que llegan ocasionalmente a visitarla.

Algunos creerán que uno no quiere a las suegras. Pero es mentira. Con el tiempo, luego de convivir con ella toda una vida, uno va quitándose los velos y prejuicios  que la sociedad nos impone sobre las madres de nuestras esposas. Cuando conocí a Doña Francisca, seguramente ninguno de los dos nos aceptamos. Yo era un alcohólico, bohemio, sin una meta en la vida. Ella, una mujer católica, llena de fe, con un carácter de hierro, había educado a sus dos hijos con mucho esfuerzo y se hizo  cargo de ocho sobrinos por amor.  Era una mujer victoriosa que se enfrentó a las dificultades de este mundo con la espada invencible de la fe.

Pese a sus reservas, Doña Francisca me abrió las puertas de su casa, y luego con el tiempo, me mostró los tesoros de su corazón. Supe que era una mujer sensible, fuerte, pero cariñosa. Con el tiempo, fue testigo de mi renuncia al alcohol, a la bohemia, a los malos hábitos.  La convivencia nos hizo cómplices, de manera que el vínculo entre yerno y suegra se borraron para dar pase a una relación más fuerte que la sangre. Era el hijo que tenía más cerca.

Todos estos años comencé a verla como una madre sustituta, que a pesar de su edad, estaba pendiente de mi café, de mi comida de la hora  y de dar gracias a Dios cuando  iba al trabajo y volvía. Siempre bendijo el hogar y los días buenos y malos. Es una santa, con sus virtudes y defectos, propios de su carácter y su vejez, pero su testimonio es su mejor legado. No hay mejor legado que saber vivir.

Ahora, que la veo en cama, no dejo de sufrir en silencio su inmovilidad y su impotencia. La observo y hay algo en ella que me conmueve. Una mañana de estas, en la que me quedé solo con ella en la habitación,  contemplé su rostro, y quedé sorprendido al ver el rostro de Cristo  transfigurado  en el suyo. Sus ojos quietos, fijos, observando la nada, su rostro marcado por las huellas de la cruz, exhiben una piedad infinita. Al verla no consigo otra cosa que besarle la frente y llorar en silencio.

Sin embargo, ese rostro de Cristo, que se transfigura en ella, no ha podido tocar algunos corazones cercanos. Muchos siguen pasando de largo frente a ese cristo viviente que es Doña Francisca. Algunos alegan no tener tiempo para dedicarle una noche y se contentan con saber de su condición de larguito y mandarle algunos paquetitos.  Quieren hacer mucho, pero en realidad hacen poco.  Otros, los más pudorosos y falsos cristianos,  dicen sentirse incapacitados para cuidar a una anciana, a pesar de que ella les dedicó toda su vida y aún  en la vejez, sigue orando por ellos.

Pero bueno, la ingratitud es un pecado común en estos días y todos, ricos y pobres, vamos a pasar por el fuego de la cruz.  Nadie está exento del sufrimiento. Todos beberemos el cáliz de la muerte y necesitaremos mucho amor. Mi esposa y yo nos sentimos satisfechos de seguir siendo testigos de su amor y su ejemplo. La servimos todos los días y no tenemos remordimientos.  Es mi madre sustituta y sufro su dolor.  Sabemos que su vida, ya vivida, está en manos de Dios y que él sabrá lo mejor para ella y para nosotros. Viva o muera, es ya un legado de conversión para la familia.

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com
 

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