Erick Aguirre
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Hace casi una década se estrenó en la Cinemateca de Managua el cortometraje nicaragüense Pedro Chatarra (2007), dirigido por José Wheelock. En doce minutos de rodaje, el protagonista, interpretado por Germán Pomares Herrera, nos da la muestra sucinta de un sector de la sociedad que postrado e indolente, acostumbra traficar con su cultura y con sus propios valores humanos.

Este corto de ficción es uno de varios productos de un taller impulsado por la Asociación Nicaragüense de Cinematografía (ANCI) y auspiciado por la embajada de España en Nicaragua y la Fundación Puntos de Encuentro, que han dado una inapreciable oportunidad a la naciente generación interesada en la producción fílmica y de video.

Wheelock, quien es también guionista del corto, ha dicho que con él intenta reflejar precisamente la insensibilidad con que se puede llegar a traficar hasta con los más sagrados valores. Y en efecto, la impasibilidad con que diariamente Pedro Chatarra se busca la vida comprando y vendiendo muertos, refleja con cierta cínica extravagancia la forma en que una sociedad puede llegar a ver a sus muertos como un producto comercial.

“En este caso los muertos no deben ser vistos como simples cadáveres, sino como el símbolo de un peligro: la pérdida de toda una cultura, la pérdida absoluta de la identidad de un pueblo. Yo siento que esta sociedad prácticamente está vendiendo a sus muertos (es decir, su identidad y su cultura), y Pedro Chatarra representa aquí a las trasnacionales, a los políticos y capitalistas que compran y venden lo que tiene un país”, dijo Wheelock en su momento.

Con esta historia Wheelock intentaba mostrar cómo la sociedad nicaragüense iba perdiendo con indolencia sus valores y su propia identidad. Pero lo explicado entonces a la prensa por este joven realizador iba más allá de la simple chanza que entre espíritus extremadamente cínicos podría provocar este tipo de film, que valga decir intenta combinar, además de la sutil denuncia de deshumanización en nuestra sociedad, ciertos aspectos conceptuales que también tienen que ver con el propio oficio cinematográfico.

El pregón de Pedro es tan simple como el del botellero ambulante que compra y vende botellas vacías de vidrio, o aquel que afila cuchillos o vende frutas y hortalizas de casa en casa. Él es un chatarrero, acostumbrado a comprar y vender en los vecindarios objetos inservibles que pueda vender después en la recicladora.

“¡Hay muertos! ¡Hay muertos!”, va gritando entre los predios y urbanizaciones improvisadas de los barrios más miserables, en medio del calor insoportable de Managua y arrastrando un viejo carretón. Solo que al surtido de chatarra que negocia entre los vecinos ha agregado ahora, con toda la normalidad del mundo, el trasiego de muertos.

“¡Compro muertos!”, grita Pedro ante la mirada indiferente de sus potenciales clientes, que habituados a tanta muerte lo ven pasar cargado de chatarra mezclada con cadáveres. Y una mujer se anima entonces a vender su muerto, sin mostrar ningún gesto de dolor ni de piedad; apenas la señal en el rostro de una vieja costumbre: ver morir a sus allegados alejados de toda suerte.

Cansada del vacío mortal y de esperar en silencio su propia muerte, se pregunta si  es posible lograr, por el cuerpo inerte de su marido, unos cuantos centavos… ¿Por qué no?

Para la realización de esta tragicomedia Wheelock buscó los escenarios más precarios en los alrededores de la capital nicaragüense: barrios de “paracaidistas” o precaristas que se asentaron al noroeste de la ciudad, y que colindan con la ostentosamente “moderna” autopista que el expresidente Arnoldo Alemán inauguró con olímpica pompa y la bautizó como Pista Suburbana.

Pedro Chatarra fue el primer cortometraje en video realizado por José Wheelock, quien ya tiene en su haber otros de igual o mayor calidad. Antes trabajó en teatro y danza durante casi treinta años, pero desde hace unos diez años se ha concentrado en el cine.

El cortometraje se filmó en cuatro días y se produjo aproximadamente en mes y medio. Además del actor principal, Germán Pomares, actúan también Zoa Meza, Milton Guillén, Ariel Bravo, Martha Martínez e Irene Guido.

Después de la premier en la Cinemateca de Managua, Wheelock se propuso presentarlo en festivales de cine nacionales e internacionales. Lo acogieron con buena recepción crítica en el Ícaro y en otros más allá de Centroamérica. Era inevitable que, aunque breve, este duro y contundente filme se hiciera notar.

* Escritor y periodista.

 

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