Jorge Eduardo Arellano
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Un acontecimiento bélico tuvo lugar en Nicaragua durante la resistencia nacionalista de Augusto C. Sandino. Se trata del primer bombardeo aéreo de la historia. ¿Su  fecha y sitio? El 16 de julio de 1927 y en la ciudad de Ocotal. Lo registra en una notable investigación de los años 60 del scholar estadounidense Neil Macaulay. Refiere este en traducción al español de Luciano Cuadra Vega:

“Uno tras otro, los seis aviones [del United States Marine Corps] fueron cayendo en picada sobre los sandinistas y abrían fuego con la ametralladora delantera, para luego, antes de reencontrarse, dejarles caer una bomba. Acto seguido, los observadores con sus ametralladoras giratorias regaban de bala a los sandinistas que corrían a cubrirse. Mientras estos se dispersaban —huyendo muchos de ellos para los aledaños a Ocotal— los aviones ametrallaban, dejando las bombas para los grupos más grandes. […] El ataque duró cuarenta y cinco minutos y los seis aviones regresaron a Managua. Habían realizado el primer ataque en escuadrilla organizada de bombardeo en picada que registra la historia, antes que el vulgo atribuyera a la Luftwaffe nazi esa novedad”. (Sandino, San José, C.R., Educa, 1970, p. 100). 

Debido a ese aplastante refuerzo a las fuerzas interventoras, Sandino sufrió en Ocotal su primera derrota, ciudad que había intentado tomar en rechazo a la intimidación del general Carlos Vanegas desde Yalí el 24 de mayo. Al mismo tiempo, tras su toma de la mina de San Albino el 30 de junio, ya había lanzado su primer manifiesto al día siguiente. Pero la comunicación a rendirse que más le habría provocado su decisión de dar la batalla de Ocotal era del comandante de los marines acantonados en el cuartel de la ciudad norteña, o sea, G.D. Hatfield, quien el 12 de julio lo había considerado “un individuo fuera de la ley”. La escueta, decisiva y valiente respuesta de Sandino no se hizo esperar: “Recibí su comunicación ayer y estoy entendido de ella. No me rendiré y aquí lo espero. Yo quiero patria libre o morir. No les tengo miedo, cuento con el ardor del patriotismo de los que me acompañan…”.

No detallaré la versión de Sandino, ya que figura ampliamente en mi obra "Guerrillero de nuestra América" (2006, 2008); lo que me interesa es destacar la prioridad mundial y el valor incalculable de la batalla para el poder intervencionista, de acuerdo con el informe del secretario de la Marina de los Estados Unidos. Este afirmó  que, “sin el apoyo aéreo, la guarnición de Ocotal no hubiera podido ser reforzada a tiempo para impedir pérdidas muy serias”. Los seis aviones eran DH-4, dotados de motores Liberty con enfriamiento de agua, armados de dos ametralladoras calibre .30 (una adelante y otra atrás) y adrales para bombas de fragmentación de 17 libras. Su máxima velocidad no sobrepasaba las cien millas por hora. Los resultados del bombardeo produjo de 40 a 80 muertos entre las fuerzas de Sandino, y probablemente el doble número de heridos.

En cuanto a Sandino, la batalla le sirvió para cambiar de táctica: la guerra de guerrillas. Desde entonces elevó esta forma de lucha a categoría de estrategia, llegando a la convicción de que la importancia de los combates no consistía  necesariamente en ganarlos, sino en librarlos. En otras palabras, hacer todo el daño posible al enemigo. “Sandino —señaló Rafael de Nogales, un militar venezolano que lo conoció en México— consiguió adaptar las tácticas militares modernas a las condiciones topográficas y climáticas de la región en la cual realizaba sus operaciones. Es un hombre sencillo —agrega—, hecho a propio esfuerzo, de lo que está orgulloso… un estratega astuto de la escuela de Abd-el-Krim, de fama en Marruecos”.

De la experiencia de Ocotal, Sandino aprendió “el inmenso valor de la publicidad en cuanto a la opinión mundial y nos convencimos que nuestro principal objetivo debería ser el de prolongar la lucha de protesta por el mayor tiempo posible”. Porque tenía de su parte no solo la justicia de la causa, sino el referido apoyo mediático. 

En la batalla los marines y constabularios nacionales se defendieron con bravura, pericia y tenacidad frente al arrojo y coraje excepcionales de los rebeldes. Cuatro días después, Sandino declaraba que hacía responsable de lo que ocurría en Nicaragua al presidente de los Estados Unidos Calvin Coolidge, “porque él se ha obstinado en sostener en el poder a su lacayo Adolfo Díaz...”. 

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