Augusto Zamora R.*
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Quemar libros es acto atroz. Si se preguntara a la gente, una mayoría expresaría esa opinión, incluso personas que jamás han leído un libro. Es respuesta elegante, culta.

En la realidad de la vida no ocurriría así. Podríamos quemar millones de libros en secreto y poca gente se diría afectada. La razón es simple: desconocen lo que se quema.

Pueden quemarse las obras completas de Cervantes, Shakespeare, Goethe, Tolstoi. No pasaría nada. Casi nadie sabe de ellos; cuatro gatos han leído alguno de sus libros. 

Lo mismo ocurriría con las obras de Mozart, Brahms, Sibelius, Falla. Pocos las han escuchado, menos personas saben que fueron músicos excelsos, genios en su género.

Puede hacerse un listado interminable de pintores, escultores, filósofos, científicos… El resultado sería el mismo. Solo se ama lo que se conoce. Solo existe lo que conocemos.

También lo inverso. Nadie desea lo que desconoce. El mercado inventa necesidades, las multiplica a través del bombardeo publicitario, haciendo así sociedades zombis.

La cultura, por sí misma, no es negocio. En los países ricos la protege y financia el Estado, en museos, festivales, teatros y un sinfín de actividades promotoras de cultura.

La lectura se fomenta también desde centros públicos. Allí, donde lo público está ausente, la cultura muere de estulticia, sepultada bajo toneladas de futilidades.

Pokémon produce histerias colectivas. Las telenovelas arrastran multitudes. 

Un libro, nada. Lo más coherente con esas sociedades es quemar libros, incinerar museos, demoler teatros. ¿Quieren una cerilla?

az.sinveniracuento@gmail.com

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